viernes, febrero 17, 2006

Moliere

-No soy, hermano, un doctor venerando, ni me ha sido otorgado todo el saber del mundo; mas, al cabo, tengo por toda ciencia saber diferenciar lo falso de lo verdadero, y como no veo género de héroes más admirables que los devotos perfectos, ni cosa más noble y hermosa en el mundo que el santo fervor de un verdadero celo, tampoco veo nada más odioso que el exterior blanqueado de un celo espacioso. Hablo de esos charlatanes sueltos, de esos devotos de plazuela cuya farsa sacrílega y engañadora abusa impunemente y se burla a su grado de cuanto más sacrosanto tienen los mortales. Pues son gentes aquellas que, con alma sometida al interés, hacen de la devoción oficio y granjerías, queriendo comprar créditos y dignidades a costa de mucho bajar de ojos y mucho afectado fervor. Refiérome a esas personas que con descomunal ardor corren por el camino del cielo hacia su fortuna, pidiendo cosas a diario, implorantes y acalorados; predicando el retirarse, mas a la corte, ajustando su celo con sus vicios; mostrándose prontos, vindicativos, de mala fe, artificiosos; cubriendo insolentemente con el interés del Cielo su fiero resentimiento cuando quieren perder a alguien; siendo tanto más peligrosos en su áspera cólera cuanto que usan contra nosotros armas que reverenciamos, y en su pasión quieren asesinarnos con un hierro sagrado. De carácter tan falso, vense aparecer hartos hombres; mas los devotos de corazón son fáciles de conocer. Nuestro siglo, hermano, expone a nuestros ojos quienes pueden servirnos de gloriosos ejemplos. Mirad a Periandro y Ariston, a Orente, Alcidamas, Polidoro y Clitandro. A estos nadie les discute sus títulos; no son fanfarrones de la virtud; no se ve en ellos una vanidad insoportable, y su devoción es humana y natural. Porque no censuran todos nuestros actos, hallando exceso de orgullo en tales represiones, y dejan a otros las palabras duras, reprendiendo nuestras acciones con las suyas propias.

Fragmento de Tartufo, obra del escritor francés Jean Baptiste Poquelin (Molière), fallecido el 17 de febrero de 1673.

El 17 de febrero de 1836 nació Gustavo Adolfo Bécquer,
y ese mismo día, en 1967 fallecía Ciro Alegría
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martes, febrero 14, 2006

Noticias literatura

La revista Misioletras cumple tres años. En el boletín semanal se han publicado más de 300 poemas clásicos y más de 1500 de autores contemporáneos, así como innumerables cuentos. Para celebrarlo, en fechas próximas está previsto el lanzamiento de su propio portal literario. Para suscribirse gratuitamente al boletín, basta con enviar un mensaje a
Misioletras-subscribe@gruposyahoo.com

Boletín Misioletras 142

Actualización febrero 2006 en
LITERATUYA
(escribo porque escribo y porque tú)

con textos de J.L. Caballero (Las cartas de Antioquía), Nina Melero (Gallinejas), Arturo Montfort (I can’t get no satisfaction), Marcelo D.Ferrer (Crónica de una noche de niebla), Sira (Un siniestro), Julia Otxoa (Oto De Aquisgrán), Miquel Silvestre (Diario de un gigante), Miguel Gutierrez (Para y por ti), Emilio Arnáiz (El Soho y otros relatos), Dalí Corona (Remansos de canción y Mala luna) y Sergio Borao Llop (Feria).

El 14 de febrero de 1928 nacía Juan García Hortelano
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lunes, febrero 13, 2006

El zurdo

Un entrevero violento y fugaz, palabras de odio gritadas entre una carnicería de doscientos hombres que, al través de la noche, se sablean y atropellan, sobrehumanos; bramando coraje.
Combate rudo.
Por quinta vez, el gauchaje sorprendía el campamento realista, y en el aturdimiento de todos, lazo y bola habían hecho su obra.
Uno de los asaltantes, sin embargo, quedó en mano de los españoles. En cortejo de odio fue conducido al juicio de los superiores, y la pena de muerte cayó fatalmente.
La cabeza baja y casi escondida por lacia melena, el condenado oyó el veredicto. Sus ropas despedazadas descubrían el pecho, sesgado por honda herida.
Cuando la soldadesca tuvo segura su venganza, calmáronse los anatemas y maldiciones. Aproximábanse, por turno, para verlo, y también gozar de su estado.
Concluirían los asaltos y el terror supersticioso que supo imponer ese cabecilla peligroso cuyo apodo vibraba en boca del enemigo con entonación de ira. ¿Cuántos no ahorcó su lazo, y despedazó en la huida, mientras se golpeaba la boca en señal de burla?
Adelantose el verdugo voluntario.
La tropa rodeaba con curiosidad, ansiosa de ver flaquear al que habían temido.
Por primera vez, El Zurdo alzó la cara y tuvo una mirada de pálido desprecio. Quería vejarlos antes de morir, herirlos con una palabra a falta de hierro, y sonrió sarcástico:
-¿Por qué no yaman las mujeres?
La indignación hirvió en la tropa, los dientes rechinaron, hartos de ofensa, el sable temblaba en manos del verdugo. El Zurdo aprovechó el silencio hablando con orgullo:
-En la sidera de mi recao tengo siento trainta tarjas, y ustedes, por más que me maten, no han de matar más que a uno.
Era el colmo. La tropa, indisciplinada, cayó sobre el preso, que desapareció entre un tumulto de brazos y armas. Cuando el jefe logró despejar su gente, El Zurdo había caído. En su cuerpo sangraban no menos heridas, que tarjas reían en su sidera, pero fue un honor del cual no pudo vanagloriarse.


El zurdo, narración del libro Cuentos de muerte y de sangre, de Ricardo Güiraldes, que nació el 13 de febrero de 1886. Su obra más conocida, Don Segundo Sombra, está disponible en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

El 13 de febrero de 1837 murió Mariano José de Larra
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domingo, febrero 12, 2006

El olor de las flores

C erré la puerta suavemente
como otras tantas veces
y me alejé en silencio.

Siempre viví cerrando puertas
o viéndolas cerrarse tras de mí:

Puertas entrecerrándose implacables
como una barricada ante mis ojos.

He aprendido que cada despedida
es el eco de un canto cancelado.
Que una mirada al borde del andén,
el gesto de una mano que se pierde
o un avión despegando
son heridas que nunca cauterizan.

Es necesario entonces
cerrar las puertas con tristeza
y alejarse despacio hacia poniente
en busca de otros soles, de otras Ítacas
de otros ríos y aldeas
allende el horizonte de los días.

Mas no es fácil caminar cuando se sabe
que el olor de las flores no regresa.

El 12 de febrero de 1984 fallecía Julio Cortázar

jueves, febrero 09, 2006

Adalberto Ortiz Quiñónez

Africa, Africa, Africa,
tierra madre, verde sol,
en largas filas de mástiles
esclavos negros mandó.

Qué trágica fue la brújula

que nuestra ruta guió.

Qué amargos fueron los dátiles

que nuestra boca encontró.

Siempre han partido los látigos

nuestra espalda de cascol

y con nuestras manos ágiles
tocamos guasá y bongó.

Sacuden sus sones bárbaros
a los blancos, los de hoy,
invade la sangre cálida
de la raza de color,

porque el alma, la del Africa

que encadenada llegó,
en esta tierra de América

canela y candela dio.

Poema de Adalberto Ortiz Quiñónez, nacido el 9 de febrero de 1914 en Esmeraldas (Ecuador).

Los ojos y la fea.
Un cuento de Adalberto Ortiz.

El 9 de febrero de 1881 fallecía Fiodor Dostoievski

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