sábado, septiembre 23, 2006

Pablo Neruda

Qué luna como una culata ensangrentada,
qué ramaje de látigos,

qué luz atroz de párpado arrancado

te hacen gemir sin voz, sin movimiento,
rompen tu padecer sin voz, sin boca:
oh, cintura central, oh, paraíso

de llagas implacables.

De noche y día veo los martirios,
de día y noche veo al encadenado,

al rubio, al negro, al indio
escribiendo con manos golpeadas y fosfóricas

en las interminables paredes de la noche.

Centro América, poema del Canto general, de Pablo Neruda, fallecido el 23 de septiembre de 1973.
El 23 de septiembre de 1889 fallecía William Wilkie Collins
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jueves, septiembre 21, 2006

H.G. Wells

China estaba iluminada por un resplandor blanco, pero sobre Japón y Java y todas las islas del este de Asia la gran estrella era una bola de sordo fuego rojo a causa del vapor y el humo y las cenizas que los volcanes escupían para saludar su llegada. Arriba estaban la lava, los ardientes gases y las cenizas, y abajo las bullentes aguas, y toda la tierra oscilaba y retumbaba con las sacudidas de los terremotos. Pronto las inmemoriales nieves del Tíbet y del Himalaya estaban derritiéndose y precipitándose por diez millones de canales que se hacían más hondos y convergían sobre las llanuras de Birmania y el Indostán. Las enmarañadas cumbres de las junglas de la India estaban en llamas en mil sitios, y debajo de las apresuradas aguas en torno de los tallos había objetos oscuros que todavía se agitaban débilmente y reflejaban las lenguas rojas de sangre del fuego. Y en desordenada confusión una multitud de hombres y mujeres huían por los anchos márgenes de los ríos hacia la última esperanza de los humanos... el mar abierto.
Mayor y mayor se hizo la estrella, y más calurosa y brillante, ahora con una rapidez terrible. El océano tropical había perdido la fosforescencia, y el remolino de vapor se elevaba en espirales fantasmales desde las negras olas que caían incesantemente, moteadas de barcos sacudidos por la tormenta.
Y luego llegó el misterio.

Fragmento del relato La estrella, de Herbert George Wells, nacido el 21 de septiembre de 1866.
El 21 de septiembre de 1902 nacía Luis Cernuda
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martes, septiembre 19, 2006

Italo Calvino

Poco sabría decirte de Aglaura fuera de las cosas que los habitantes mismos de la ciudad repiten desde siempre: una serie de virtudes proverbiales, otros tantos proverbiales defectos, alguna rareza, algún puntilloso homenaje a las reglas. Antiguos observadores, que no hay razón para no suponer veraces, atribuyeron a Aglaura su durable surtido de cualidades, confrontándolas con aquellas de otras ciudades de sus tiempos. Ni la Aglaura que se dice ni la Aglaura que se ve ha cambiado quizá mucho desde entonces, pero lo que era excéntrico se ha vuelto usual, extrañeza lo que pasaba por norma, y las virtudes y los defectos han perdido excelencia o desdoro en un concierto de virtudes y defectos diversamente distribuidos. En este sentido no hay nada de cierto en cuanto se dice de Aglaura, y, sin embargo, de ello surge una imagen sólida y compacta de ciudad, mientras alcanzan menor consistencia los juicios dispersos que se pueden enunciar viviendo en ella. El resultado es éste: la ciudad que dicen tiene mucho de lo que se necesita para existir, mientras la ciudad que existe en su lugar existe menos.
Por eso, si quisiera describirte Aglaura ateniéndome a cuanto he visto y probado personalmente, debería decirte que es una ciudad desteñida, sin carácter, puesta allí a la buena de Dios. Pero tampoco esto sería verdadero: a ciertas horas, en ciertos escorzos de camino, ves abrírsete la sospecha de algo inconfundible, raro, acaso magnifico; quisieras decir qué es, pero todo lo que se ha dicho de Aglaura hasta ahora aprisiona las palabras y te obliga a repetir antes que a decir.

Por eso los habitantes creen vivir siempre en la Aglaura que crece sólo con el nombre de Aglaura y no se dan cuenta de la Aglaura que crece en tierra. Y aun yo, que quisiera tener separadas en la memoria las dos ciudades, no puedo sino hablarte de una, porque el recuerdo de la otra, por falta de palabras para fijarlo, se ha dispersado.


Las ciudades y el nombre (1), de Las ciudades invisibles, de Italo Calvino, fallecido el 19 de septiembre de 1985.
El 19 de septiembre de 1911 nacía William Golding
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lunes, septiembre 18, 2006

León Felipe

Yo no puedo tener un verso dulce
que anestesie el llanto de los niños
y mueva suavemente las hamacas como una brisa esclava.
Porque yo no he venido aquí a hacer dormir a nadie.
Además... esa tempestad ¿quién la detiene?

¡Eh, tú, varón confiado que dormitas! ¡Levántate, recoge
tus zapatos y prosigue!...
Porque yo no he venido aquí a hacer dormir a nadie.

Hacia las cumbres trepan los dioses extenuados buscando un resplandor.
Y aquí voy yo con ellos,
entre el sudor y el polvo de sus inmensos pies descalzos,
aquí voy yo con ellos, atropellado y sacudido, pero
agarrándome a sus plantas como las pinzas de un insecto,
clavándome en su carne,
hundiéndome en su sangre
como un pulgón,
como una nigua... maldiciendo, blasfemando...
Porque yo no he venido aquí a hacer dormir a nadie;
ni a los niños
ni a los hombres ni a los dioses.

Como un pulgón, poema de León Felipe, fallecido el 18 de septiembre de 1968.
El 18 de septiembre de 1916 nacía Mercedes Salisachs
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domingo, septiembre 17, 2006

Quevedo

Júpiter, hecho de hieles, se desgañitaba poniendo los gritos en la tierra. Porque ponerlos en el cielo, donde asiste, no era encarecimiento a propósito. Mandó que luego a consejo viniesen todos los dioses trompicando. Cuando Marte, don Quijote de las deidades, entró con sus armas y capacete y la insignia de vinadero enristrada, echando chuzos, y a su lado, el panarra de los dioses, Baco, con su cabellera de pámpanos, remostada la vista, y en la boca, lagar y vendimias de retorno derramadas, la palabra bebida, el paso trastornado, y todo el cerebro en poder de las uvas.
Por otra parte, asomó con pies descabalados Saturno, el dios marimanta, comeniños, engulléndose sus hijos a bocados. Con él llegó, hecho una sopa, Neptuno, el dios aguanoso, con su quijada de vieja por cetro, que eso es tres dientes en romance, lleno de cazcarrias y devanado en ovas, oliendo a viernes y vigilias, haciendo lodos con sus vertientes en el cisco de Plutón, que venía en su seguimiento. Dios dado a los diablos, con una cara afeitada con hollín y pez, bien zahumado con alcrebite y pólvora, vestido de cultos tan oscuros, que no le amanecía todo el bochorno del sol, que venía en su seguimiento con su cara de azófar y sus barbas de oropel. Planeta bermejo y andante, devanador de vidas, dios dado a la barbería, muy preciado de guitarrilla y pasacalles, ocupado en ensartar un día tras otro y en engarzar años y siglos, mancomunado con las cenas para fabricar calaveras.

Fragmento de La fortuna con seso y la hora de todos, de Francisco de Quevedo, nacido el 17 de septiembre de 1580.
El 17 de septiembre de 1965 fallecía Alejandro Casona
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