miércoles, enero 25, 2006

Poetas del mundo


Recientemente se ha puesto en marcha el portal Poetas del mundo, dirigido por el escritor chileno Luis Arias Manzo, con representación de poetas de los cinco continentes.

También en los últimos días, han aparecido sendos números de las revistas electrónicas: EOM (Eldígoras), que ya va por el 38, Almiar (Margen Cero) que llega al 25, y Letralia, que publica el 137.

El 25 de enero de 2004 en Al_Andar...

martes, enero 24, 2006

Insatisfacción

La felicidad de los casados jóvenes y viejos en la oficina. Fuera de mi alcance; si la tuviera a mi alcance, me resultaría insoportable, y sin embargo, es lo único que siento deseos de satisfacer.
Las vacilaciones prenatales. Si existe la transmigración de las almas, yo estoy aún en el primer peldaño. Mi vida es la vacilación prenatal.

Firmeza. No quiero evolucionar de un modo determinado, quiero cambiar de lugar; esto es, ciertamente, el deseo de "volar a otro planeta"; me bastaría estar cerca de mí mismo; me bastaría poder considerar distinto el lugar donde estoy.

La evolución fue sencilla. Cuando aún estaba satisfecho, quería estar insatisfecho y me lanzaba con todos los recursos de la época y de la tradición que tenía a mi alcance hacia la insatisfacción; entonces deseaba poder retroceder. O sea que estaba siempre insatisfecho, incluso con mi satisfacción. Es curioso que, con un proceso lo bastante sistemático, la comedia puede convertirse en realidad. Mi decadencia intelectual empezó con un juego infantil, aunque infantilmente consciente. Por ejemplo, contraía, artificialmente, los músculos faciales; andaba por el Graben con los brazos cruzados detrás de la cabeza. Era un juego repelentemente pueril, pero de éxito. (Algo parecido ocurrió con la evolución de mi actividad literaria, sólo que esta evolución, por desgracia, quedó posteriormente paralizada.) Si es posible hacer que, de este modo, caiga la desdicha sobre uno mismo, sería posible provocarlo todo. Por mucho que la evolución parezca negármelo, y aunque esto contradiga esencialmente mi personalidad, no soy capaz de admitir de ninguna manera que los inicios de mi desgracia fuesen íntimamente necesarios; puede que en ellos hubiera algo de necesidad, pero no íntima; se me acercaron volando como moscas, y hubiese podido espantarlos tan fácilmente como se espanta a las moscas.
En la otra orilla, la infelicidad no habría sido menos grande, sino probablemente mayor (a causa de mis debilidades); de esto, tengo sin duda la experiencia; aún sigue vibrando, en cierto modo, la palanca, desde la última vez que intenté moverla, ¿por qué entonces, aumento la desdicha de estar en esta orilla, con la nostalgia de estar en la otra?


Anotación del 24 de enero de 1922 en los Diarios, de Franz Kafka

Leer La Metamorfosis

El 24 de enero de 1967 fallecía en Buenos Aires el poeta Oliverio Girondo

lunes, enero 23, 2006

Olga, Galleguita

"...durante una fracción de segundo su cabeza alcanzó la dulce ingravidez, giró lentamente y sus ojos recogieron por última vez la engañosa luz de las estrellas, la última promesa loca de la vida"
(La oscura historia de la prima Montse)
Juan Marsé

Y aunque no te conmovían los tangos, tu cara fresca me conmovía a mí y eso me bastaba. Cometiste el pecado de ser la Galleguita Olga, y tu frescura caía sobre mis sueños empapándome de ilusiones.
Y te decía con lasciva angustia que tu pubis era como un cuadro del renacimiento; y que tus piernas, largas y pálidas, eran una llamada de amor indio.
Y vos enfurruñada me crucificabas: Andá a joder a otras con esas comparaciones tontitas, y al decirlo recogiste tu cabello revuelto por la brisa.
Y vos meneabas ese garbo traído de las muñeiras de Galicia, donde tus viejos se rompieron el lomo gallego.
Y yo disfrutaba tu pantalon ajustado. Eras un ángel distraído que llegaste hasta la calle de baldosas sueltas que se rompían a tu paso y en la que gorriones incestuosos se columpiaban entre esos paraísos que se llevó el tiempo, arrugados exhaustos por inviernos tétricos lúgubres.
Y tengo en la retina tus ojos color difuso oscuros parpadeando con esa candidez deliberada que regocijaba mi corazón.
Y eras como un fresco pintado sobre una pared de barrio por un artista muerto de amor y pena. Y Sos un adulador mentiroso me decías sacudiéndome aquel dedo tan blanco y delgado que yo llamaba aguja de colchonero.
Y entonces te hacías la rata yéndote por largos días, tan largos y tan tristes me parecían que había decidido voltearme y dejarme morir.
Y entonces llegabas confundida entre un montón de sonámbulos sacándome la lengua como relamiendo una costra de chocolate.
Y aparecías como un trasgo envuelta en la niebla que trepaba del Riachuelo y yo suspirando, marmota imberbe aplanado por una ristra de emociones virginales.
Y a veces te imaginaba taconeando como una andaluza metida en esos timbos bochincheros, mientras tus piernas largas y pálidas llamada de amor indio se deslizaban entre las burbujas de la tardecita de ensueños e ilusiones, como para tomar mate con rosquitas o una taza de café renegrido con bizcochitos de grasa.
Y siempre pensándote en la cama arrullados entre las sábanas, y los sexos buscándose con premura e inocencia para gemir entre vaivenes agónicos y desesperados.
Y veía a esos tipos desgarbados que con estulticia despareja te desnudaban sin bochorno con miradas concupiscentes y salivosas.
Y me angustié el día ese en que sentada en la fonda de la calle Río Bamba susurraste: me voy.¿Que qué? me voy, y no pongas cara de Cristo apuñaleado o de Che Guevara sobre el mármol sucio y frío, que me voy…
Y no supe de vos hasta que encontraron tus piernas largas y pálidas llamada de amor indio, tu cara fresca y el pubis, que era como un cuadro del renacimiento, tumbados en ese basural del Docke. Y con la sangre reseca y negra, como el alma del que te violó y te punzó la garganta, tan suave tan bella tan Olga, Galleguita.
Y tus ojos color difuso rociados por aquellos lagrimones que resbalaban con pena, porque vos Olga Galleguita te fuiste con tus pájaros a saltar de rama en rama sobre los paraísos de la barriada.
Y el fresco pintado sobre una pared de barrio por un artista muerto de amor y pena yace atribulado entre velas de colores y lágrimas de yeso.
Y ahora ya no te escucho pucha decirme con aquella voz de sonsa: Sos un adulador mentiroso, sacudiéndome aquel dedo tan blanco y delgado que yo llamaba aguja de colchonero.
Y yo que quiero dejarme morir, Olga Galleguita, porque acuchillaron tu inocencia y a la mía la murieron.

Andrés Aldao, editor de la revista Artesanías Literarias
El 23 de enero de 1783 nacía Marie Henri Beyle, Stendhal

jueves, enero 19, 2006

Melancolía


Me siento, a veces, triste
como una tarde del otoño viejo;
de saudades sin nombre,
de penas melancólicas tan lleno...

Mi pensamiento, entonces,
vaga junto a las tumbas de los muertos
y en torno a los cipreses y a los sauces
que, abatidos, se inclinan... Y me acuerdo
de historias tristes, sin poesía... Historias
que tienen casi blancos mis cabellos.

Melancolía, de Manuel Machado, fallecido en Madrid el 19 de enero de 1947.

Más poemas de Manuel Machado

Un 19 de enero nacieron Edgar Allan Poe (1809) y Gustav Meyrink (1868)

miércoles, enero 18, 2006

Ellos

Cuando las colinas boscosas se cerraron a mi alrededor, me erguí en el coche para tener una visión general del gran Down, cuya cima anillada es un hito en cincuenta millas a la redonda en las comarcas bajas. Supuse que la orientación del campo me llevaría a través del llano hasta alguna carretera que se dirigiera hacia el oeste y que llegara hasta el pie de la montaña, pero no pude comprobarlo a causa de los velos densos de los montes. Un giro rápido me sumergió primero en un atajo verde, lleno de luz solar líquida, después en un túnel de penumbras donde las hojas muertas del año anterior susurraban y crepitaban bajo mis ruedas. El ramaje resistente de los avellanos, que se cruzaba por encima de mi cabeza, no había sido podado a lo largo de dos generaciones, por lo menos, y ningún hacha había ayudado al roble cubierto de musgo o al haya a subir más alto que ellos. Allí la carretera se convertía abiertamente en sendero alfombrado sobre cuyo terciopelo marrón matas viejas de prímulas parecían trozos de jade y unas pocas campanillas de tallos blancos, enfermizas, cabeceaban al unísono. Gracias a la cuesta, apagué el motor y me deslicé por encima de los remolinos de hojas esperando a cada momento encontrarme con algún guardia, pero oí el grito de un grajo, a lo lejos, disputando con el silencio bajo la penumbra de los árboles.
El sendero seguía bajando. Estaba a punto de dar la vuelta y de rehacer mi camino en segunda, antes que fuera a dar en algún pantano, cuando vi un rayo de luz que más adelante atravesaba la maraña y solté el freno.

Fragmento del relato Ellos, de Rudyard Kipling, fallecido en Londres el 18 de enero de 1936.

Leer El libro de las tierras vírgenes

El 18 de enero de 1867 nacía el poeta Rubén Darío

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