sábado, mayo 13, 2006

Daphne Du Maurier

En la pequeña Venecia también tenemos tránsito. Nada de góndolas por supuesto, cuyas agudas proas se balancean suavemente de un lado a otro, pero frente a mi ventana se deslizan barcazas cargadas de ladrillos, y a veces de carbón, cuyo negro polvillo ensucia el balcón. Si cierro los ojos, sorprendido por el repentino pitar de las embarcaciones, y escucho el incesante jadear de los motores, puedo imaginarme, siempre con los ojos cerrados, que estoy esperando el vaporetto, en una de las tantas escalas. De pie sobre la plataforma de madera, apretujado por una multitud parloteante, veo cómo de pronto bulle el agua y oigo vibrar el motor, mientras la embarcación aminora la marcha y se acerca de popa. El vaporetto ha arrivado al muelle. Subo, acompañado de la vocinglera turba, y partimos otra vez, haciendo hervir el agua con nuestra propia estela, mientras trato de decidir entre dirigirme directamente a San Marcos, la plazza y mi mesa habitual, o abandonar el vaporetto más adelante, en el Gran Canal, y prolongar así la exquisita espera.
Las pitadas cesan. La barcaza ya está lejos. No puedo decir hacia dónde se dirige. Cerca de Paddington hay un desvío, donde el canal se bifurca.

Fragmento del relato Ganímedes, de Daphne Du Maurier, nacida el 13 de mayo de 1907
El 13 de mayo de 1840 nacía Alphonse Daudet

viernes, mayo 12, 2006

En Babilonia

Y Luis cerró el baúl y partió -con su Babilonia dentro-. Era una ciudad dorada a fuego, esmaltada de policromos esmaltes. En sus jardines, los cálices exhalaban deleitoso y ponzoñoso aroma, que adormecía como el beleño, o exaltaba como el vino secular encontrado en las ánforas pompeyanas y calcinado por los volcanes. Sus habitantes, epicúreos, coronados de rosas, o vencedores ceñidos de laurel, no se parecían a los demás hombres: vibraban y libaban, con perversidades finas y novelescas, el jugo de una existencia inimitable. Renacían en cada esquina los personajes de la depravación histórica, revestidos de su aureola de misterio que turba el corazón: Marco Antonio con sus orgías, César con sus promiscuidades, Heliogábalo con sus insaciables ansias, los Borgias con sus satanismos y, sobre todo, una sarta de Evas, perlas negras, rosadas o blancas -derretidoras de médula, calcinadoras de huesos, sorbedoras de sangre, bebedoras de alma-, emboscadas y acechando, como entre flor y flor sierpe escondida...
Y Luis, temblando de ilusión, abría los brazos y llamaba a la serpiente, anhelando sentir sus elásticas y frías roscas alrededor del cuello.

Fragmento de la narración En Babilonia, de Emilia Pardo Bazán, fallecida el 12 de mayo de 1921
El 12 de mayo de 2004 en Al_Andar...
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jueves, mayo 11, 2006

Cela

El viajero, dándole vueltas a la cabeza, va por las tapias del Retiro, llegando a la Puerta de Alcalá. Ve muy claro todo lo que piensa, y un poco confuso, quizá, todo lo que ve. El día fuerza por levantarse, cauto, desconfiado, sobre los cables más altos, sobre las últimas azoteas de la ciudad, mientras los gorriones recién despiertos chillan, en los árboles del parque, como condenados. En el parque también, sobre la yerba, la república de los gatos cimarrones, dos docenas de gatos sin fortuna, sin amo, dos docenas de gatos grises, malditos, sarnosos; de gatos que, sin un sitio al lado de ningún hogar encendido, deambulan en silencio, como aburridos presos sin esperanza o enfermos incurables, dejados de la mano de Dios.
Los portales siguen cerrados, como las bolsas avaras y miserables, y los serenos de nuevos, relucientes galones de oro, miran, con cierta desconfianza, para el viajero que pasa, camino de la estación, con la mochila al hombro y el andar despreocupado, casi sin compostura incluso.
El viajero va lleno de buenos propósitos: piensa rascar el corazón del hombre del camino, mirar el alma de los caminantes asomándose a su mirada como al brocal de un pozo.

Fragmento del Viaje a La Alcarria, de Camilo José Cela, nacido el 11 de mayo de 1916.
También un 11 de mayo nacía Francisco Umbral

miércoles, mayo 10, 2006

El castillo de Friedland

El castillo de Friedland: Las muchas posibilidades de verlo: desde la llanura, desde un puente, desde el parque, entre árboles sin hojas, y desde el bosque entre los grandes abetos. El castillo está construido de un modo sorprendente, a base de construcciones superpuestas; cuando uno entra en el patio, tarda mucho en poner orden a sus ideas, porque la oscura hiedra, el muro grisáceo, la nieve blanca, el hielo pizarroso que cubre los taludes, aumentan la diversidad. El castillo no está construido, precisamente, sobre una cumbre ancha, sino compuesto de construcciones que rodean una cumbre bastante puntiaguda. Yo subí por un sendero, resbalando continuamente, mientras que el castellano, con quien me encontré mucho más arriba, subió fácilmente por dos tramos de escalera. Había hiedra por todas partes. una gran vista desde un pequeño mirador muy saliente sobre el vacío. Una escalera adosada a la muralla se interrumpe inútilmente a media altura. Las cadenas del puente levadizo cuelgan, abandonadas, de sus ganchos.

Fragmento del Diario de un viaje a Friedland y Reichenberg, de Franz Kafka. Al parecer, este lugar le sirvió de inspiración para su novela El Castillo.

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lunes, mayo 08, 2006

Gustave Flaubert

El Grifo cava la tierra con sus uñas gritando como un gallo. Mil voces le responden. El bosque tiembla.
Y surgen toda suerte de bestias espantosas: el Tragélafo, mitad ciervo y mitad buey; el Mirmecoleo, león por delante y hormiga por detrás, con los genitales al revés; la serpiente pitón Aksar, de sesenta codos de longitud, la que espantó a Moisés; la enorme comadreja Pastinaca, que mata a los árboles sólo con su olor; el Presteros, que vuelve imbécil a quien lo toca; la Mirag, liebre cornuda que habita en las islas del mar; el leopardo Falmant, que revienta de tanto dar alaridos; el Senad, oso con tres cabezas, que despedaza a sus pequeñuelos con la lengua; el perro Capo, que derrama sobre las rocas la leche azul de sus mamas. Y hay mosquitos que zumban, sapos que saltan, serpientes que silban. Brillan los relámpagos y cae el granizo.
Las ráfagas traen anatomías maravillosas: cabezas de caimanes con pies de corzo, mochuelos con cola de serpiente, cochinillos con hocico de tigre, cabras con grupas de asno, ranas tan velludas como osos, camaleones tan grandes como hipopótamos, terneras con dos cabezas, una de las cuales llora y la otra muge; fetos cuatrillizos pegados por el ombligo y dando vueltas de vals como si fuesen peonzas; vientres con alas que revolotean como mosquitos.

Fragmento de Las tentaciones de San Antonio, de Gustave Flaubert, fallecido el 8 de mayo de 1880.

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