
La puerta se abrió, pero el lacayo de uniforme verde plateado que salió al encuentro de Andreas, poseía el poder de ahuyentar al valeroso conquistador del umbral de su paraíso. Dijo que la señora no estaba en casa. Bajo la primera impresión de esta noticia, el joven le entregó su tarjeta y la nota del doctor Bediener. De inmediato se dio cuenta de que no debía haberlo hecho. Miró pálido de ira a la desvergonzada cara del criado y estuvo a punto de darle un golpe. "Si no perjudicara a mis intereses", se dijo, "lo haría. Por lo demás, no puedo probarle su desfachatez, pues está disimulada, como siempre ocurre en tales personas".
Con el pecho oprimido por el peso de su esperanza destruida recorrió la calle hasta el final y se encontró en el Zoológico. Su ambición insatisfecha le llevó a deambular durante dos horas por los caminos cubiertos de hojas. Se sentía tan vacío y sin sentido como el día en que decidió abandonar el Café Hurra. Pero entre tanto, había dado unos pasos que no eran fácilmente repetibles. ¿Y si el descarado lacayo que le había mirado de arriba abajo como a alguien que busca un empleo, no entregara la tarjeta del jefe de redacción?
Fragmento de la novela En el país de Jauja, de Heinrich Mann, fallecido el 12 de marzo de 1950.
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