viernes, abril 07, 2006

La sed

-Todos los vasos tienen sed -siguió diciéndome el alfarero-; «ésos» como los míos, de arcilla perecedera. Así los hicieron, abiertos, para que pudieran recibir el rocío del cielo, y también ¡ay!, para que huyera presto su néctar.
Y cuando están colmados tampoco son dichosos, porque todos odian el líquido que hay en su seno. El vaso de falerno aborrece su áspero olor de lagares; el óleo perfumado odia su grávida espesura y envidia la levedad del vaso de agua clara.
Y los vasos con sangre viven desesperados del grumo tenaz que se cuaja en sus paredes y que no pueden ir a lavar en los arroyos, y son los más angustiados.
Para pintar el ansia de los hombres haz de ellos solamente el rostro con los labios entreabiertos de sed, o haz sencillamente un vaso, que también es una boca con sed.

Texto de Gabriela Mistral, nacida en Vicuña (Chile)
el 6 de abril de 1889
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miércoles, abril 05, 2006

El largo invierno

Nos parece recordar a Cataluña
¡Los infinitos pedazos
de este país saltando en pedazos!

Las piedras permanecen
Pero su permanencia
nos golpea

Los hombres
-pero no todos los hombres-
pasan.

El largo invierno,
poema de Rolando Revagliatti

Otros poemas de Rolando Revagliatti

Ya en la red la última edición de la revista Letralia
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martes, abril 04, 2006

Marguerite Duras

Ahí está. Llega de afuera. Atraviesa la habitación. Tal vez reconozcamos su silueta, su vestido. Sí, es la misma que caminaba hacia el río en la calle recta que bordea el parque.
Va hacia la ducha. Oímos el ruido del agua.
Vuelve.
Es entonces cuando la vemos. Sí. Claramente, es todavía una niña. Todavía delgada, todavía casi sin pechos. El cabello es largo, castaño rojizo, ondulado, lleva zuecos indígenas de madera ligera con tiras de cuero. Tiene los ojos verde claro con estrías oscuras. Las mismas, dicen, que las de su padre fallecido. Sí, era ella, la niña de la calle recta que había llorado con el vals. Era también la que sabía que la mujer que había tocado ese vals era la misma que la que vestida de rojo había pasado por la pista blanca. Y además la que sabía también que ella, la niña, era la única en todo el puesto en saber estas cosas. En todo el puesto y más allá. Así era la niña. Lleva la misma blusa de algodón blanco que su madre, con tirantes adicionales, hecha por Dô.
Separa los dos paños de la mosquitera, la remete rápido debajo del colchón, penetra igual en la abertura de la mosquitera, vuelve a cerrarla. La madre no dormía. Se sienta al lado de la niña y le trenza el cabello para la noche.

Fragmento de El amante de la china del norte, de Marguerite Duras, nacida en Gia Dinh, cerca de Saigón, el 4 de abril de 1914.

El tren a Burdeos --Marguerite Duras--

Ya están disponibles los nuevos números de las revistas:

domingo, abril 02, 2006

Zola

Pero Denise seguía absorta ante los tenderetes de la puerta principal, colocados al aire libre, en plena acera: un cúmulo de oportunidades para tentar a las clientes, para que las gangas las hicieran detenerse al pasar. Desde bien arriba, colgando de la entreplanta, pendían las piezas de lana y los paños, merinos, cheviots y muletones, ondeando como banderas; sobre sus tonos neutros, gris pizarra, azul marino, verde oliva, destacaba la cartulina blanca de las etiquetas. Algo más abajo, enmarcando el umbral, colgaban finas tiras de piel para guarniciones de vestidos: la suave ceniza de los lomos de petigrís, la nívea pureza de los vientres de cisne, el pelo de conejo de las imitaciones de marta y armiño. Por último, abajo del todo, estaban dispuestos varios casilleros y mesas, rebosantes de retales y de un aluvión de artículos de calcetería casi regalados, guantes y toquillas de punto, capuchas, chalecos, todo tipo de prendas invernales multicolores, jaspeadas, a rayas o con toques rojizos, como salpicadas de sangre. Denise vio un tartán a cuarenta y cinco céntimos, orlas de visón americano a un franco y mitones a veinticinco céntimos. Era como si los almacenes, repletos hasta reventar, desembalasen el exceso de mercancías en un gigantesco baratillo de feria.

Fragmento de la novela El paraíso de las damas, de Émile Zola, nacido en París el 2 de abril de 1840.
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sábado, abril 01, 2006

Cyrano de Bergerac

Quince años después, en 1655. Parque del convento que las Damas de la Cruz ocupaban en París.
Magníficas alamedas. A la izquierda, la casa. Gran escalinata sobre la cual se abren numerosas puertas. En medio del escenario, un árbol, aislado en el centro de una plazuela ovalada. A la derecha, en primer término y entre enormes matorrales, un banco de piedra semicircular.
El fondo del teatro se halla atravesado por una avenida de castaños que termina en la parte derecha, en cuarto plano, junto a la puerta de la capilla, que se vislumbra entre las ramas. A través de la doble cortina de árboles de esta avenida, se percibe el suelo cubierto de césped, otras avenidas, bosques, la última porción del parque, y el bosque.
En la capilla se abre una puerta lateral sobre una columna de guirnaldas de vid roja que se pierde por la derecha y en primer plano detrás de los matorrales.
Otoño. El ramaje cobra un color rojo por encima de la hierba fresca. Manchas sombrías de los matorrales y los tejos que permanecen verdes. Hojas amarillentas amontonadas al pie de los árboles, cubriendo casi todo el escenario, la escalinata y los bancos, y que crujen cuando alguien las pisa.
Entre el banco de la derecha y el árbol, un gran bastidor de bordar ante el que han colocado una sillita. Cestos de costura llenos de madejas y ovillos. El tapiz está empezado.
Al levantarse el telón, monjas que pasean por el parque; otras, sentadas en el banco, en torno a una de mayor edad. Las hojas caen.


Esta es la presentación del acto quinto de Cyrano de Bergerac, del escritor francés Edmond Rostand, nacido el 1 de abril de 1868 en Marsella.
El 1 de abril de 1929 nacía Milan Kundera

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