martes, abril 04, 2006

Marguerite Duras

Ahí está. Llega de afuera. Atraviesa la habitación. Tal vez reconozcamos su silueta, su vestido. Sí, es la misma que caminaba hacia el río en la calle recta que bordea el parque.
Va hacia la ducha. Oímos el ruido del agua.
Vuelve.
Es entonces cuando la vemos. Sí. Claramente, es todavía una niña. Todavía delgada, todavía casi sin pechos. El cabello es largo, castaño rojizo, ondulado, lleva zuecos indígenas de madera ligera con tiras de cuero. Tiene los ojos verde claro con estrías oscuras. Las mismas, dicen, que las de su padre fallecido. Sí, era ella, la niña de la calle recta que había llorado con el vals. Era también la que sabía que la mujer que había tocado ese vals era la misma que la que vestida de rojo había pasado por la pista blanca. Y además la que sabía también que ella, la niña, era la única en todo el puesto en saber estas cosas. En todo el puesto y más allá. Así era la niña. Lleva la misma blusa de algodón blanco que su madre, con tirantes adicionales, hecha por Dô.
Separa los dos paños de la mosquitera, la remete rápido debajo del colchón, penetra igual en la abertura de la mosquitera, vuelve a cerrarla. La madre no dormía. Se sienta al lado de la niña y le trenza el cabello para la noche.

Fragmento de El amante de la china del norte, de Marguerite Duras, nacida en Gia Dinh, cerca de Saigón, el 4 de abril de 1914.

El tren a Burdeos --Marguerite Duras--

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