viernes, julio 07, 2006

Lion Feuchtwanger

Ibrahim seguía sentado en los derruidos escalones de la fuente, seca desde hacía mucho tiempo, la cabeza apoyada en la mano, y de pronto tuvo que reconocerlo: aunque había visto claro desde el principio el carácter aventurero del negocio, se trasladaría a Toledo a pesar de todo, a esta casa.
Era esta casa ridícula y en ruinas la que lo había traído hasta aquí.
Existía un viejo y extraño lazo entre él y la casa. Él, Ibrahim, el gran hombre de negocios de la orgullosa Sevilla, el amigo y consejero del emir se había convertido ya en su juventud al profeta Mahoma, pero no había nacido musulmán sino judío, y este edificio, el castillo de Castro, había pertenecido a sus antepasados, a la familia Ibn Esra, durante todo el tiempo que los musulmanes fueron señores de Toledo. Pero desde que el rey Alfonso, el sexto de su nombre, arrebató la ciudad a los musulmanes, hacía apenas cien años, los barones de Castro se habían apoderado de la casa. Ibrahim había estado muchas veces en Toledo y cada vez había permanecido en pie, lleno de añoranza, ante el oscuro muro exterior del castillo. Ahora que el rey había expulsado a los Castro de Toledo y les habla expropiado la casa, podía por fin ver su interior y considerar la posibilidad de recuperar las antiguas propiedades de sus padres.
Sin prisa, pero con mirada escrutadora y ávida, había recorrido las muchas escaleras, salas, corredores y patios. Era un edificio desolado y feo, más bien una fortaleza que un palacio.

Fragmento de La judía de Toledo, de Lion Feuchtwanger, nacido en Munich el 7 de julio de 1884.
El 7 de julio de 1930 fallecía Arthur Conan Doyle
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jueves, julio 06, 2006

Santuario

Temple vio el árbol que cegaba el camino, pero no hizo otra cosa que prepararse para lo inevitable. Tuvo la impresión de que se trataba del lógico y desastroso final de la serie de circunstancias en que se había visto envuelta. Siguió inmóvil, con el cuerpo en tensión, contemplando cómo Gowan, con la mirada fija al parecer en lo que tenía delante, se lanzaba contra el árbol a veinte millas por hora. El coche chocó, salió despedido hacia atrás, volvió a embestir el árbol y cayó de lado.
Temple sintió que salía despedida por el aire, llevándose consigo un hombro insensibilizado por el golpe y la imagen de dos individuos que atisbaban entre la cortina de cañas al borde del camino. Se incorporó como pudo, mirando hacia atrás, y los vio avanzar, uno de ellos con un traje negro muy ceñido y sombrero de paja, fumando un cigarrillo, y el otro destocado, con mono, empuñando una escopeta y el barbado rostro distendido en una lenta expresión de asombro boquiabierto. Sin dejar de correr, Temple notó que sus huesos se licuaban y cayó de bruces, todavía corriendo.

Sin detenerse, giró muy de prisa y se incorporó, la boca abierta en un gemido inaudible, totalmente sin aliento. El hombre del mono seguía mirándola, con la boca abierta en inocente asombro, dentro de una suave barba recortada. El otro hombre se inclinaba sobre el coche volcado, con la ceñida chaqueta formándole crestas sobre los hombros. Luego el motor se detuvo, aunque la rueda delantera que había quedado en el aire siguiera girando, perezosa, cada vez más lentamente.


Fragmento de la novela Santuario, de William Faulkner, fallecido el 6 de julio de 1962.
El 6 de julio de 1893 fallecía Guy de Maupassant

lunes, julio 03, 2006

El Castillo

¿Es un servicio del castillo el que presta Barnabás? Nos preguntamos entonces; cierto, va a las oficinas, pero ¿son las oficinas el castillo? Y aun cuando las oficinas pertenezcan al castillo, ¿son las oficinas el lugar donde Barnabás puede entrar? Él entra en oficinas, pero sólo son una parte de todas ellas, después hay barreras y detrás hay más oficinas. No se le prohíbe seguir avanzando, pero no puede seguir avanzando cuando ya ha encontrado a sus superiores, le han despachado y despedido. Además, allí siempre te observan, al menos así se cree. E incluso si siguiese avanzando, ¿de qué serviría si allí no tiene ningún trabajo administrativo y sería un intruso? Esas barreras no te las tienes que imaginar como una determinada frontera, sobre ello Barnabás siempre me llama la atención. En las oficinas también hay barreras, por las que él pasa, por lo tanto también hay barreras que atraviesa y que no se distinguen de aquellas por las que no ha pasado, y no puede afirmarse de antemano que detrás de esas últimas barreras no haya otras oficinas en esencia iguales a aquellas en las que Barnabás ya ha estado. Sólo en esas horas sombrías lo cree así. Y luego la duda se extiende, no se puede evitar. Barnabás habla con funcionarios y recibe mensajes, pero ¿qué tipo de funcionarios y qué tipo de mensajes?

Fragmento de la novela El Castillo, de Franz Kafka, nacido en Praga
el 3 de Julio de 1883.


Se ha editado en formato PDF el libro Camino al Andar (2004-05) con textos de Sergio Borao Llop. Puede descargarse de forma gratuita en la web del autor.

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domingo, julio 02, 2006

Hermann Hesse

Evoqué todos mis recuerdos de Max Demian, remontándome hasta mi aventura con Kromer. ¡Cuántas cosas, de las que había dicho entonces, volvieron a surgir! Y todas tenían aún sentido, eran actuales, me concernían. También lo que me había dicho, en nuestro último y poco grato encuentro, sobre el libertinaje y la santidad, surgió con toda claridad en mi alma. ¿No era exactamente lo que me había pasado a mí? ¿No había vivido yo en la embriaguez y en el lodo, aturdido y perdido hasta que un nuevo instinto vital había despertado en mí precisamente lo contrario: el ansia de pureza, la nostalgia de la santidad?
Fui siguiendo mis recuerdos mientras caía la noche. Fuera llovía. También en mis recuerdos oía caer la lluvia, bajo los castaños, el día que Demian me preguntó qué me pasaba con Franz Kromer y acertó mi secreto. Una a una fueron saliendo las conversaciones camino del colegio y durante las clases de religión. Al final recordé mi primera entrevista con Max Demian. ¿De qué había tratado?

Aunque no me acordaba bien, tenía tiempo y me sumí totalmente en mis pensamientos. Volví a precisar mis recuerdos. Habíamos estado parados delante de nuestra casa, después de que él me había comunicado su opinión sobre Caín. Había hablado del viejo y borroso escudo que campeaba sobre nuestro portal; y me había dicho que el escudo le interesaba, que había que fijarse bien en estas cosas. Por la noche soñé con Demian y con el escudo, que cambiaba de forma constantemente.
Fragmento de la novela Demian, de Hermann Hesse,
nacido el 2 de julio de 1877.
El 2 de julio de 1977 fallecía Vladimir Nabokov
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sábado, julio 01, 2006

Daniel Moyano

Cuando ellos llegan montados en sus tigres Hualacato se inclina, modifica su paisaje. Se apoderan del tiempo y las cosechas, las calles son cerradas o desviadas, los caminos no llevan a los lugares de siempre. Hualacato se arruga. Las fachadas chorreantes llorando desde sus grietas enfermas, especie de nuevo orden arquitectónico que turistas de diversas lenguas corren a fotografiar ávidamente. Los albañiles sacan sus plomadas y comprueban que las casas son un maizal al viento. Están torcidas, dicen los albañiles; y les quitan las plomadas. Sin plomada, usan el ojo clínico. Están torcidas, no hay vuelta que darle, dicen. Entonces se los llevan. Están torcidas sea como sea, alcanzan a decir mientras desaparecen entre grandes puertas, mientras los edificios quieren caerse, inclinándose bajo vientos impensados. Entonces las vicuñas dejan de reproducirse, porque todo tiene su respuesta, contaba el viejo Aballay, que venía peleando desde hacía cuarenta años, a su manera, claro, desde una silla de ruedas, con puras invenciones.
Todo prohibido en Hualacato, pero la gente afina sus instrumentos en otro tono para no perder la alegría. Y a medida que se va prohibiendo cualquier tono ellos suben o bajan sus cuerdas, ya se sabe que la música es infinita. Con esto consiguen vivir en un mundo por lo menos paralelo con la realidad, y para no perder el rumbo se refugian en sus antiguas supersticiones.
Desmontando sus tigres van apropiándose de todo. A los hualacateños en sus casas solamente les quedan dos lugares, uno para el hambre y otro para el frío. Hasta el agua es envasada y sellada, incluso la de lluvia, captada por inmensos aparatos. No llueve más en Hualacato, madrecita.
No es la primera vez que vienen. En cuarenta años, el viejo los ha visto llegar en caballos, en camiones, siempre de noche, desde todos los puntos cardinales llegan ellos siempre, cambian todo de sitio llamando sur al norte, lo miran todo sospechando, pueden derretir una flor o una persona cuando miran, lo miran todo con los ojos que debe de tener la tristeza del mundo cuando se siente muy enfermo. Llegan de noche mezclando su percusión, sus ruidos, a los ruidos de la vida.

Fragmento de la novela El vuelo del tigre, de Daniel Moyano, fallecido el 1 de Julio de 1992.
El 1 de julio de 1909 nacía Juan Carlos Onetti
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