sábado, agosto 05, 2006

Guy de Maupassant

Ordenes gritadas por una voz desconocida y gutural subían a lo largo de las casas, que parecían muertas y desiertas, mientras, tras los postigos cerrados, los ojos espiaban a esos hombres victoriosos, dueños de la ciudad, de las fortunas y de las vidas por el "derecho de guerra". Los habitantes, en sus cuartos ensombrecidos, sentían el enloquecimiento que dan los cataclismos, los grandes trastornos mortíferos de la tierra, contra los cuales resultan inútiles toda fuerza y toda sabiduría. Pues la misma sensación vuelve a aparecer cada vez que el orden establecido de las cosas es subvertido, que todo lo que protegían las leyes de los hombres o de la naturaleza se encuentra a la merced de una brutalidad inconsciente y feroz. El temblor de tierra que aplasta a un pueblo entero bajo las casas derrumbadas; el río desbordado que mezcla a los campesinos ahogados con los cadáveres de bueyes y las vigas arrancadas a los techos, o el ejército victorioso que asesina a los que se defienden, lleva prisioneros a los otros, saquea en nombre de la espada y da gracias a Dios al son del cañón, son otras tantas plagas espantosas que desconciertan toda creencia en la justicia eterna, toda la confianza que nos ha sido enseñada en la protección del cielo y en la razón de los hombres.
Pero a cada puerta golpeaban pequeños destacamentos y luego desaparecían en las casas. Era la ocupación después de la invasión. Empezaba para los vencidos el deber de mostrarse amables con los vencedores.

Fragmento de la narración Bola de sebo, de Guy de Maupassant, nacido el 5 de agosto de 1850.
El 5 de agosto de 1962 fallecía Ramón Pérez de Ayala
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