miércoles, agosto 16, 2006

La ciudad y las sierras

Ya por la tarde, después de la siesta, fuimos a pasear por los revueltos caminos de aquella rica hacienda que, en el espacio de dos leguas, ondula por el valle y la montaña. No había vuelto a encontrarme con Jacinto en medio de la naturaleza desde aquel remoto día en que tan mala impresión le hizo el social y urbano bosque de Montmorency. Pero ahora, ¡con qué seguridad y amor idílico se movía por entre aquella naturaleza, de la que tanto tiempo le habían mantenido lejos la teoría y el hábito! Ya no recelaba de la mortal humedad de los musgos; ni rechazaba, como impertinente, el roce de los retoños; ni le inquietaba el silencio de las alturas como un sumirse del universo. Con verdadera delicia, con un sentimiento aquietado de estabilidad recuperada, enterraba los enormes zapatos en los blancos terrones como un elemento paterno y natural; dejaba, sin razón alguna, los caminos fáciles y se perdía a través de los arbustos enmarañados para recibir sobre la cara la caricia de las hojas tiernas; quedábase inmóvil sobre los oteros conteniendo mis gestos y casi deteniéndome el aliento para embeberse en el silencio y la paz; y dos veces le sorprendí, atento y sonriendo, a orillas de un riachuelo parlanchín, como si escuchara una confidencia...
Filosofaba luego sin cesar con el entusíasmo de un convertido ávido de convertir.

Fragmento de la novela La ciudad y las sierras, de José Maria Eça de Queiroz, fallecido el 16 de agosto de 1900.
El 16 de agosto de 1899 nacía Salvador Reyes
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