miércoles, agosto 02, 2006

Rómulo Gallegos

Palmeras, temiches, caratas, moriches... El viento les peina la cabellera india y el turupial les prende la flor del trino... Bosques. El árbol inmenso del tronco velludo de musgo, el tronco vestido de lianas floridas. Cabimas, carañas y tacamahacas de resinas balsámicas, cura para las heridas del aborigen y lumbre para su churuata.
La mora gigante del ramaje sombrío inclinado sobre el agua dormida del caño, el araguaney de la flor de oro, las rojas marías. El bosque tupido que trenza el bejuco...
Plantíos. Los conucos de los margariteños, las umbrosas haciendas de cacao, las jugosas tierras del bajo Orinoco enterneciendo con humedad de savias fecundas las manos del hombre del mar árido y la isla seca.
Ya se ven caseríos.
Pero allá viene el chubasco que nunca falta en aquella zona de bruscas condensaciones atmosféricas. Es un ceño amenazante el largo nubarrón por detrás del cual los rayos del sol, a través del aguacero en marcha, son como otra lluvia, de fuego. La brisa marina y los gozosos escarceos se detienen de pronto asustados ante aquello que avanza de tierra, se queda inmóvil el aire un instante, vibra de súbito como una plancha de acero golpeada, se acumulan tinieblas, se estremece el caño herido por los goterones de la lluvia recia y caliente y pasa el chubasco borrando el paisaje.

Fragmento de Canaíma, de Rómulo Gallegos, nacido en Caracas el 2 de agosto de 1884.
El 2 de agosto de 1942 nacía Isabel Allende

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