viernes, septiembre 15, 2006

Adolfo Bioy Casares

A la madrugada bajé de nuevo al sótano. Me rodearon los mismos pasos, de cerca y de lejos. Pero esa vez los comprendí. Molesto, seguí recorriendo el segundo sótano, intermitentemente escoltado por la bandada solícita de los ecos, multiplicadamente solo. Hay nueve cámaras iguales; otras cinco en un sótano más bajo. Parecen refugios contra bombardeos. ¿Quiénes eran los que, en 1924, más o menos, construyeron este edificio? ¿Por qué lo han dejado abandonado? ¿Qué bombardeos temían? Asombra que los ingenieros de una casa tan bien construida hayan respetado el moderno prejuicio contra las molduras, hasta el punto de haber hecho este refugio que pone a prueba el equilibrio mental: los ecos de un suspiro hacen oír suspiros, al lado, lejanos, durante dos o tres minutos. Donde no hay ecos el silencio es tan horrible como ese peso que no deja huir, en los sueños.
El lector atento puede sacar de mi informe un catálogo de objetos, de situaciones, de hechos más o menos asombrosos; el último es la aparición de los actuales habitantes de la colina. ¿Cabe relacionar a estas personas con las que vivieron en 1924? ¿Habrá que ver en los turistas de hoy a los constructores del museo, de la capilla, de la pileta de natación? No me decido a creer que una de estas personas haya interrumpido alguna vez Té para dos o Valencia, para hacer el proyecto de esta casa, infestada de ecos, es cierto, pero a prueba de bombas.

Fragmento de La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares, nacido el 15 de septiembre de 1914.
El 15 de septiembre de 1890 nacía Agatha Christie

Ya está en la red el nº 1 de la revista Palabras diversas

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miércoles, septiembre 13, 2006

Italo Svevo

La vida actual está envenenada hasta las raíces. El hombre ha ocupado el lugar de los árboles y de los animales y ha envenenado el aire, ha impedido el libre espacio. Pueden ocurrir cosas peores. El triste y activo animal podría descubrir y poner a su servicio otras fuerzas. Hay una amenaza de esa clase en el aire. El resultado será una gran riqueza... en el número de hombres. Cada metro cuadrado estará ocupado por un hombre. ¿Quién nos curará de la falta de aire y de espacio? ¡Sólo de pensarlo me asfixio!
Pero no es eso, no es eso sólo.

Cualquier esfuerzo por conseguir la salud es vano. Ésta sólo puede pertenecer a los animales que conocen un único progreso: el de su organismo. Cuando la golondrina comprendió que su única posibilidad de vida era la emigración, aumentó el músculo que mueve sus alas y que se convirtió en la parte más importante de su organismo. El topo se metió bajo tierra y todo su cuerpo se adaptó a su necesidad. El caballo creció y transformó su pie. No conocemos el progreso de algunos animales, pero habrá existido y nunca habrá perjudicado a su salud.

En cambio, el hombre, el animal con gafas, inventa instrumentos fuera de su cuerpo y, si quien los inventó gozó de salud y nobleza, quien los usa casi siempre carece de ellas. Los instrumentos se compran, se venden y se roban y el hombre se vuelve cada vez más astuto y más débil.


Fragmento de La conciencia de Zeno, de Italo Svevo, fallecido el 13 de septiembre de 1928.
El 13 de septiembre de 1916 nacía Roald Dahl
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martes, septiembre 12, 2006

Stanislaw Lem

La noche había llegado, parecida a tantas noches de la Tierra. Sólo distinguía los contornos blancos del lavabo y la superficie pulida del espejo.
Me levanté. Hurgué a tientas entre los objetos amontonados en la repisa del lavabo. Encontré el paquete de algodón, me lavé la cara con un pedazo húmedo y fui a echarme en la cama...
Una falena batió las alas. No, era la cinta del ventilador. El zumbido cesó, recomenzó. Yo ya no veía ni siquiera la ventana, todo se confundía en la oscuridad. Un rayo luminoso, cayendo no sé de dónde, atravesó el espacio y se demoró ante mí. ¿Sobre la pared o en el cielo negro? Recordé cuánto me había asustado la víspera la mirada vacía de la noche; mi miedo me hizo sonreír. Ya no temía esa mirada. Ya no temía nada. Levanté la muñeca y consulté la corona de cifras fosforescentes. Una hora más y llegaría la aurora del día azul.
Respiré hondo; saboreaba la oscuridad. Estaba vacío, liberado de todo pensamiento. Al moverme, sentí contra mi cadera la forma plana del magnetófono. Gibarían... una voz inmortalizada en bobinas de alambre. Me había olvidado de resucitarlo, de escucharlo, única cosa que ahora podía hacer por él.

Fragmento de la novela Solaris, de Stanislaw Lem, nacido el 12 de septiembre de 1921.
El 12 de septiembre de 1981 fallecía Eugenio Montale
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lunes, septiembre 11, 2006

D H Lawrence

Las casas de los mineros, teñidas de negro, se elevaban al mismo nivel sobre el pavimento, con esa intimidad y recogimiento de los hogares mineros con más de cien años. Bordeaban todo el camino. La carretera se había convertido en calle, y al ir bajando se olvidaba inmediatamente el paisaje abierto y ondulante donde los castillos y palacios seguían teniendo una presencia dominante, pero de fantasmas. Ahora se estaba escasamente por encima de la maraña de las desnudas redes ferroviarias, y las fundiciones y otras instalaciones fabriles se alzaban ante uno hasta llegar a verse sólo muros. Y el hierro crujía con un eco repetido y enorme; grandes camiones hacían temblar la tierra y se oía el pitido de las sirenas.
Y, sin embargo, una vez que se había llegado abajo, al corazón de los vericuetos retorcidos del pueblo, detrás de la iglesia, se volvía a estar en el mundo de dos siglos atrás, en el laberinto de calles donde estaba «El Escudo de Chatterley» y la vieja farmacia, calles que solían conducir al mundo salvaje y abierto de los castillos y de los nobles palacios de recreo.

Fragmento de El amante de Lady Chatterley, de David Herbert Lawrence, nacido el 11 de septiembre de 1885.
El 11 de septiembre de 1862 nacía William Sydney Porter (O. Henry)

sábado, septiembre 09, 2006

Cesare Pavese

Tras el último encuentro a orillas del río vagabundeé por los prados como hacía de niño. El día no quería acabar. Yo sabía que un día recordaría aquellas horas como recuerdo las tardes desamparadas de hace muchos años. Me había quedado como una criatura, demasiado magullado para sentir otra cosa que mi cuerpo, y las angustias caminaban delante de mí como guías. Las seguía atontado.
Fábricas y cúpulas lejanas no sobrepasaban los setos. El campo hablaba de su vacío. Sin duda yo había entrado ya en ese estado de conciencia en el cual todo puede ocurrir porque ya nada importa. La vehemente distracción que me había alejado, se aclaraba como lo que realmente era -un despego- y me encontraba tan apartado de mí mismo que al mirar a mi alrededor todo era impensado. Salté sin esfuerzo, sin quererlo, un curso de agua, y caminaba por el horizonte como por el sendero. Recuerdos remotos ascendían a mis ojos, cual si fuera feliz.


Fragmento del relato El coloquio del río, de Cesare Pavese, nacido el 9 de septiembre de 1908.
El 9 de septiembre de 1898 fallecía Stéphane Mallarmé
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