lunes, septiembre 11, 2006

D H Lawrence

Las casas de los mineros, teñidas de negro, se elevaban al mismo nivel sobre el pavimento, con esa intimidad y recogimiento de los hogares mineros con más de cien años. Bordeaban todo el camino. La carretera se había convertido en calle, y al ir bajando se olvidaba inmediatamente el paisaje abierto y ondulante donde los castillos y palacios seguían teniendo una presencia dominante, pero de fantasmas. Ahora se estaba escasamente por encima de la maraña de las desnudas redes ferroviarias, y las fundiciones y otras instalaciones fabriles se alzaban ante uno hasta llegar a verse sólo muros. Y el hierro crujía con un eco repetido y enorme; grandes camiones hacían temblar la tierra y se oía el pitido de las sirenas.
Y, sin embargo, una vez que se había llegado abajo, al corazón de los vericuetos retorcidos del pueblo, detrás de la iglesia, se volvía a estar en el mundo de dos siglos atrás, en el laberinto de calles donde estaba «El Escudo de Chatterley» y la vieja farmacia, calles que solían conducir al mundo salvaje y abierto de los castillos y de los nobles palacios de recreo.

Fragmento de El amante de Lady Chatterley, de David Herbert Lawrence, nacido el 11 de septiembre de 1885.
El 11 de septiembre de 1862 nacía William Sydney Porter (O. Henry)

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