
De modo que tomamos el sendero y nos adentramos por él en la bella espesura que parece estar esperándonos como para una celebración de la que nada sabemos. Lo hacemos sin desconfianza, con la firme intención de no caminar en exceso, ya que aún nuestros pies no están habituados a las grandes caminatas.
Notamos como el oxígeno invade nuestros pulmones, agrandándolos, ensanchándolos y borrando de nuestras mentes cualquier otro pensamiento, mientras vamos ascendiendo con lentitud, parándonos a contemplar cada mata de hierba, dejando que nuestro ser se inunde de gratitud ante ese aire respirable, ante esas flores y ese césped y esos pájaros que saludan con sus trinos nuestra presencia desde las copas de los milenarios árboles que, en este punto, semejan una escolta protectora e invitan, incitan, a seguir caminando hacia ese sol radiante que podemos entrever a través de las ramas quietas, entre las verdes hojas. (continúa)
El 29 de septiembre de 1902 fallecía Émile Zola
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