viernes, diciembre 09, 2005

Mirar el mar

Mirar el mar
al este el norte el sur
pintarlo en el oeste con el fuego
verdoso de las tardes otoñales

Ver el mar devorando a sus crepúsculos
escuchar sus latidos cada noche
sus canciones de espuma y marejada
memoria de otras noches y otros mares

Pintar el mar sumirse en él desembocarse
ebrios de mar amarse desbocarse
Mirar el mar de mar emborracharse
ser orilla y temblor y acantilado
caer caer caer entre las olas
mirar del mar el mar inolvidable
y no poder cruzarlo para verte...


B.

miércoles, diciembre 07, 2005

EOM 37

En la imagen: Emboscados, de Lilia Luján.

Ya está en la red el nº 37 de EOM, revista de arte
y literatura, con sus habituales secciones:

     Agua (imagen)

                Aire (poesía)

                        Tierra (prosa)

                                  Fuego (miscelánea)

lunes, diciembre 05, 2005

Monet

Estación de San Lázaro, de Claude Monet,
fallecido el 5 de diciembre de 1926 en Giverny

domingo, diciembre 04, 2005

Gustav Meyrink

En esta novela un tal Christopher Taubenschlag ínterpreta el papel de un hombre vivo.
No conseguí averiguar si vivió alguna vez; es seguro que no ha salido de mi fantasía, de esto estoy completamente convencido; lo afirmo con rotundidad para evitar el peligro de que se me considere como alguien que quiere hacerse el interesante. Aquí no se trata de describir con exactitud de qué modo se llevó a cabo el libro; baste saber que yo me limito a hacer un somero bosquejo de lo ocurrido.
Espero ser disculpado si hablo de mí mismo en algunas frases, un defecto que por desgracia no puedo evitar.
Tenía la novela bien perfilada en la cabeza y ya había empezado a escribirla cuando advertí - ¡no antes de repasar el borrador! - que el nombre de Taubenschlag se había introducido sin que yo me diera cuenta de ello. Pero esto no es todo: frases que me había propuesto trasladar al papel cambiaban bajo la pluma y escribía algo totalmente distinto de lo que yo quería decir; se inició una batalla entre el invisible «Christopher Taubenschlag» y yo, en la cual el primero consiguió imponerse.
Yo había planeado describir una pequeña ciudad que vive en mi memoria, pero surgió una imagen muy diferente, una imagen que hoy aparece más diáfana ante mis ojos que la conocida realmente.
Al final no me quedó otro remedio que dejar hacer su voluntad a la influencia que se llama Christopher Taubenschlag, prestarle mi mano, por así decirlo, y tachar del libro todo lo que procedía de mi propia imaginación.


Fragmento de la novela El dominico blanco, de Gustav Meyrink, fallecido el 4 de diciembre de 1932 en Starnberg (Baviera)

El relojero (cuento)

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sábado, diciembre 03, 2005

La línea de sombra

Por la tarde hice mi cuarto de guardia como de costumbre. Una calma chicha envolvía el barco y parecía mantenerlo inmóvil en una llameante atmósfera compuesta de dos tonos de azul. Ráfagas breves y calientes caían sin fuerza de lo alto de las velas. A pesar de todo, el barco avanzaba. Había debido avanzar, pues en el momento de la puesta del sol pasamos frente al cabo Liant y al poco tiempo lo dejábamos atrás: siniestra forma fugitiva bajo las últimas luces del crepúsculo.

A la noche, bajo la luz cruda de su lámpara, mister Burns parecía haber salido a la superficie de su lecho. Hubiérase dicho que, por fin, lo había soltado una mano opresora. A mis pocas palabras, contestó con un discurso relativamente largo y coherente. Se sentía más fuerte. Si pudiese librarse de la asfixia de aquel calor estancado, me decía, estaba seguro de que podría subir al puente y en estado de ayudarme dentro de dos o tres días.

Mientras me hablaba, yo lo contemplaba temiendo que aquel enérgico esfuerzo lo hiciese caer inanimado ante mis ojos. No puedo negar, sin embargo, que su buena voluntad tenía algo de consolador. Le di una respuesta apropiada, pero declarándole que la única cosa que podía ayudarnos era el viento, un buen viento.

Sacudió con impaciencia su cabeza sobre la almohada, y lo que agregó no fue ya demasiado consolador. Nuevamente le oía murmurar cosas absurdas referentes al difunto capitán, aquel viejo ahogado a los 8º 20' de latitud, precisamente en nuestra ruta... emboscado a la entrada del golfo.

Fragmento de la novela La línea de sombra, de Joseph Conrad, nacido el 3 de diciembre de 1857 en Berdichev, Polonia (hoy Ucrania).

El arte del novelista
El corazón de las tinieblas (zip)

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