Letralia, la revista de los escritores
hispanoamericanos en Internet.
Escuchó la fuga de un eco en su memoria. Supo entonces que todo lo ocurrido después no merecía la pena. No fueron más que puñetazos al aire, bocanadas de humo sin cigarrillo, reflejos de un eclipse. 
-Lo que yo quisiera -decía Luciano- es contar la historia, no de un personaje, sino de un sitio -mira, por ejemplo, de una de esas avenidas, contar lo que sucede en ella- desde por la mañana hasta la noche. Llegan primero niñeras, nodrizas llenas de lazos... No, no..., primero gentes muy grises, sin sexo ni edad, a barrer la avenida, a regar el césped, a cambiar las flores, a fin de preparar el escenario y la decoración antes de abrirse las puertas, ¿comprendes? Entonces es cuando llegan las nodrizas. Unos chicuelos juegan con la arena y riñen entre ellos; las niñeras les pegan. Después, es la salida de los colegios, y más tarde de las obreras. Hay pobres que vienen a comer, en un banco. Luego gentes que se buscan; otras que se huyen; otras que se aíslan, soñadoras. Y después la multitud, en el momento de la música y de la salida de los almacenes. Estudiantes, como ahora. Al atardecer, amantes que se besan y otros que se separan, llorando. Y, finalmente, al anochecer, una pareja de viejos... Y de pronto, un redoble de tambor: cierran. Todo el mundo sale. Se acabó la comedia. ¿Comprendes? Algo que diese la impresión del final de todo, de la muerte..., pero sin hablar de la muerte, naturalmente.
El género humano pensante, es decir, la cienmilésima parte del género humano como máximo, siempre ha creído, o al menos ha repetido con mucha frecuencia, que sólo tenemos ideas gracias a nuestros sentidos, y que la memoria es el único instrumento por el que podemos unir dos ideas y dos palabras.