lunes, julio 31, 2006

Denis Diderot

Nosotros somos los que sentimos; ellos, observan, estudian y pintan. ¿Lo diré? ¿Por qué no? La sensibilidad no es cualidad de grandes genios. Estos amarán la justicia, pero practicarán esta virtud sin gustar su dulzura. No es su corazón, sino su cabeza, la que hace todo. A la menor circunstancia inopinada, el hombre sensible la pierde; no será ni un gran rey, ni un gran ministro, ni un gran capitán, ni un gran abogado, ni un gran médico. Llenad la sala del teatro con estos llorones, pero no me coloquéis ninguno en las tablas. Ved las mujeres: no cabe duda que nos superan, y con gran ventaja, en sensibilidad; ¡qué diferencia de ellas a nosotros en los momentos de pasión! Pero tan por encima están de nosotros cuando obran, como por debajo cuando imitan. La sensibilidad no va nunca sin cierta flaqueza de organización. La lágrima que vierte el hombre verdaderamente hombre nos conmueve más que todos los llantos de una mujer. En la gran comedia, la comedia del mundo, a la que siempre vengo a parar, todas las almas sensibles ocupan la escena; todos los hombres de genio están en butacas. Los primeros se llaman locos; los segundos, que dan en copiar sus locuras, se llaman cuerdos y sabios.

Fragmento de La paradoja del comediante, de Denis Diderot, fallecido el 31 de julio de 1784.
El 31 de julio de 1919 nacía Primo Levi
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domingo, julio 30, 2006

Emily Brontë

En absoluto mutismo, se acercó la pipa a la boca, se cruzó de brazos y empezó a fumar. Yo no interrumpí su placer, y él, después de aspirar la última bocanada, se levantó, suspiró, y se fue tan gravemente como había llegado.
Sonaron cerca de mí otras pisadas más elásticas, y apenas yo abría la boca para saludar, la cerré de nuevo, al oír que Hareton Earnshaw se dedicaba a recitar en voz contenida una salmodia compuesta de tantas maldiciones como objetos iba tocando, mientras se afanaba en un rincón en busca de una azada para quitar la nieve. Me miró, dilató las aletas de la nariz, y tanto se le ocurrió saludarme a mí, como al gato que me hacía compañía. Comprendiendo por sus preparativos que estaba disponiéndose a salir, abandoné mi duro lecho y me apresté a seguirle. Él lo notó y con el mango de la azada me señaló una puerta que comunicaba con el salón. Las mujeres estaban en él ya. Zillah atizaba el fuego con un fuelle colosal, y la señora Heathcliff, arrodillada ante la lumbre, leía un libro al resplandor de las llamas. Tenía puesta la mano entre el fuego y sus ojos, y permanecía embebida en la lectura, que sólo interrumpía de vez en cuando para reprender a la cocinera si hacía salir chispas sobre ella, o para separar a alguno de los perros que a veces la rozaba con el hocico. Me sorprendió ver también allí a Heathcliff, en pie junto al fuego y, al parecer, concluyendo entonces de soltar una rociada sobre la pobre Zillah, la cual, de cuando en cuando, suspendía su tarea y suspiraba.

Fragmento de la novela Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, nacida el 30 de julio de 1818.
El 30 de julio de 1904 nacía Salvador Novo
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sábado, julio 29, 2006

Chester Himes

Piel de Ébano, con sus ojos saltones de manchas amarillas, recorrió la fachada parduzca del hotel Majestic, del otro lado de la calle. Su mirada se detenía un momento en cada mujer de piel clara que cruzaba. En las esquinas de la calle, allí en el Central Avenue, divisó una muchacha de tez clara que subía a un coche cerrado, verde, pero un tranvía ruidoso se interpuso. Se pellizcó los labios rojos y los humedeció con la lengua. Echó a correr, a pesar de sus pies planos. Un coche pitó, rechinando los frenos, pero él ni siquiera se volvió. Un chófer de taxi lo insultó al pasar; apretó los dientes enseñando ligeramente las encías, pero la expresión irreal de su rostro descompuesto no cambió.
Torció a la derecha, delante del Majestic, se tropezó con un dandy de piel morena que estaba con dos mujeres viejas y muy pintadas, y, jadeando, se detuvo en la esquina de la calle. Él coche verde se saltó el semáforo rojo y arrancó con un gemido de caja de velocidades, dejando tras de sí un olor a caucho quemado.
Pero el coche había arrancado demasiado tarde y Piel de Ébano había tenido tiempo de ver la hermosa carita de María y el perfil de un chófer nervioso, encorvado sobre el volante.

Fragmento del relato La noche está hecha para llorar, de Chester Himes, nacido el 29 de julio de 1909.

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viernes, julio 28, 2006

Gloria Fuertes

Sale caro, señores, ser poeta
La gente va y se acuesta tan tranquila
--que después del trabajo da buen sueño--
Trabajo como esclavo llego a casa,
me siento ante la mesa sin cocina,
me pongo a meditar lo que sucede
La duda me acribilla todo espanta;
comienzo a ser comida por las sombras
las horas se me pasan sin bostezo
el dormir se me asusta se me huye
--escribiendo me da la madrugada--.
Y luego los amigos me organizan recitales,
a los que acudo y leo como tonta,
y la gente no sabe de esto nada.
Que me dejo la linfa en lo que escribo,
me caigo de la rama de la rima
asalto las trincheras de la angustia
me nombran su héroe los fantasmas,
me cuesta respirar cuando termino.
Sale caro señores ser poeta.

Sale caro ser poeta, de Gloria Fuertes, nacida en Madrid el 28 de julio de 1917.
El 28 de julio de 1909 nacía Malcolm Lowry
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jueves, julio 27, 2006

Bernardo Atxaga

Vivir es recorrer el tiempo, pero recorrerlo como quien avanza por un alambre, desequilibrándose ahora hacia un lado y mañana hacia el otro, y así iba viviendo yo, sin conocer el equilibrio, procurando correr cada vez más para olvidarme del vacío que me rodeaba y llegar cuanto antes, no ya a un hogar, ni tampoco a un jardín inefable como el que solían hallar los caballeros tras muchas fatigas, sino a un lugar siquiera ligeramente más seguro que el propio alambre: a un escalón, a una barra, al cabo de una cuerda sujeta en algún sitio. Mi actividad era, en esa época, frenética. Concertaba citas con todo el mundo: con mis antiguos compañeros de trabajo; con los fisioterapeutas que habían dirigido mi rehabilitación y con el psicólogo que me había ayudado en los momentos de crisis; con mis asesores bancarios; con los periodistas que alguna vez me habían pedido un artículo; con los libreros que, justo cuando el accidente, me habían hablado de una edición excepcionalmente hermosa de las obras completas de Baudelaire; con todos ellos y con muchísimos más. Naturalmente, la gran mayoría de esas citas no tenía sentido alguno. Pero, como ya he dicho, lo que yo quería era correr, escapar, huir de una situación que era como mi propia sombra. Por las noches, mi carrera continuaba, más deprisa si cabe: aparte de los clubes de siempre, visité otros que antes había considerado excesivamente barriobajeros. En uno de éstos conocí a un chico que se hacía llamar Carla. "¿Y tú quién eres?", me preguntó después de presentarse. Yo le respondí: "Soy el cojo que quiere correr".

Fragmento del relato Un traductor en París, de Bernardo Atxaga, nacido en Guipúzcoa el 27 de julio de 1951.
El 27 de julio de 1939 nacía Manuel Vázquez Montalbán
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