miércoles, febrero 08, 2006

Julio Verne

Cuando haya dicho que mi tío caminaba a pasos matemáticamente iguales, que medía cada uno media toesa de longitud, y añadido que siempre lo hacía con los puños sólidamente apretados, señal de su impetuoso carácter, lo conocerá lo bastante el lector para no desear su compañía.

Vivía en su modesta casita de la Königstrasse, en cuya construcción entraban por partes iguales la madera y el ladrillo, y que daba a uno de esos canales tortuosos que cruzan el barrio más antiguo de Hamburgo, felizmente respetado por el incendio de 1842.

Cierto que la tal casa estaba un poco inclinada y amenazaba con su vientre a los transeúntes; que tenía el techo caído sobre la oreja, como las gorras de los estudiantes de Tugendbund; que la verticalidad de sus líneas no era lo más perfecta; pero se mantenía firme gracias a un olmo secular y vigoroso en que se apoyaba la fachada, y que al cubrirse de hojas, llegada la primavera, remozábala con un alegre verdor.

Mi tío, para profesor alemán, no dejaba de ser rico. La casa y cuanto encerraba, eran de su propiedad. En ella compartíamos con él la vida su ahijada Graüben, una joven curlandesa de diez y siete años de edad, la criada Marta y yo, que, en mi doble calidad de huérfano y sobrino, le ayudaba a preparar sus experimentos.

Fragmento de la novela Viaje al centro de la tierra, de Julio Verne, nacido en Nantes el 8 de febrero de 1828.

El 8 de febrero de 2004 en Al_Andar...

martes, febrero 07, 2006

Utopía

Así, después de muchas jornadas, hallaron ciudades y Repúblicas llenas de gente y gobernadas por muy justas leyes. Bajo la línea equinoccial, y a ambos lados de la misma, hasta donde llega el sol en su carrera, hállanse los vastos desiertos, abrasados y secos por razón del perenne e insufrible calor. Allí, todas las cosas son feas, espantosas, aborrecibles, y no gusta mirarlas. Viven fieras y serpientes y algunos hombres no menos crueles, feroces y salvajes que aquéllas. Mas algo más allá todas las cosas empiezan a hacerse más agradables poco a poco; el aire es suave y templado, el suelo está cubierto de verde hierba y son menos feroces las bestias. Y por fin vuelven a hallarse gentes y ciudades que hacen continuamente el tráfico de mercaderías, tanto por mar como por tierra, no solamente entre ellos y con las comarcas vecinas, sino también con los mercaderes de los países remotos. Tuvo ocasión de ir a muchos países, pues todas las naves que estaban prestas a hacerse a la vela recibían con agrado a Hytlodeo y a sus compañeros. Las primeras naves que vieron teman ancha y plana la carena; las velas estaban hechas de papiros o de mimbres y aun a veces de cuero. Después las hallaron con velas de cáñamo y las quillas terminadas en punta; finalmente hallaron otras en todo semejante a las nuestras.
Los marinos eran también muy diestros y hábiles; sabían bien las cosas del mar y las del cielo. Rafael ganó su amistad enseñándoles el uso de la aguja magnética, que desconocían hasta entonces, pues eran temerosos del mar, en el cual sólo se arriesgaban durante el estío.


Fragmento de Utopía, de Thomas More, que nació en Londres el 7 de febrero de 1478.
El 7 de febrero de 1812 nacía Charles Dickens

lunes, febrero 06, 2006

Drahom

Buscaba el rastro de su hembra, la nariz casi rozando el suelo. Se había alejado de la horda, ese olor único que lo llamaba era como un grito, un grito proveniente de las cavernas, grabado en la sangre desde el tiempo oscuro de los reptiles.
Ella, por escapar, había dejado atrás la manada, se había lastimado la piel, roto lo que la cubría por el arañazo de las ramas. El pelo se enredaba. Se arrastraba, sentía la boca de él cerca. Había visto un dragón una vez, sabía de la larga bocanada de fuego. Hípnóticas llamas en el paisaje. Ahora imaginaba al animal fantástico, la hoguera que salía de sus labios abiertos enrojeciendo la noche.
Tenía miedo.
Él a sus espaldas rastreándola.
Cuando llegó la noche se rindió exhausta. El fuego de él hacía crujir las ramas y apagaba sus propios gemidos. La tomó con una violencia tan dulce, tan feroz, tan animalhumanamente. La emplumó, la ensedó, la subió hasta el borde del cielo. La cubrió con sus alas prehistóricas. La llevó hasta los sueños devoradores.
Él soñó que era un hombre en otro tiempo (pensó que a ella le iba a gustar). Soñó a una ciudad, en el día en que San Jorge venció al Dragón. Soñó SER HUMANO y regalarle a ella libros y flores, porque así se festeja la fecha. Ella sólo podía soñarlo a él enrojeciendo su cuerpo en un incendio voraz, ilimitado, interminable.

Cristina Villanueva, narradora oral, psicóloga y docente nacida en Buenos Aires.

Más textos de Cristina Villanueva.

El 6 de febrero de 2004 en Al_Andar...

viernes, febrero 03, 2006

Saga de los suburbios

El sótano era la vivienda de Fau y tenía varios compartimientos, unos con leña, otros con paja y en casi todos había algún mueble viejo y abandonado. Sillas cojas, un sofá mugriento e incluso un maniquí, es decir dos: uno de mimbre seco y otro de madera forrada.
Había tenido aquel sótano un portalón que en tiempos fue puerta cochera pero la había hecho tapiar don Avelino con piedra y argamasa. El afilador que solía ir antes a ver a Fau se quedaba fuera y se hacía presente dando con su caramillo la señal del viejo Pan bicorne. Así decía el sobrino de Avelino, hombre joven y muy sabio en toda clase de letras y ciencias, según decía Fau. Cuando hablaba el sobrino Fau lo escuchaba embelesado.
Aunque era verdadero sobrino de Avelino no entraba en el sótano por las escaleras que bajaban del primer piso sino que prefería entrar por la gatera de la romana un acceso que nadie conocía sino Fau y que comenzaba en una exclusa cerrada por una plancha horizontal de hierro e iba a parar a la báscula romana de palanca que contaba los caices de trigo. Nunca le preguntaba Fau por qué no prefería entrar en el primer piso donde vivía su tío y bajar al sótano por las escaleras. Era poco preguntador, Fau. Y lo que hiciera aquel sobrino de don Avelino, aquel hombre de luces que lo sabía todo -hasta escribía cosas que imprimían los diarios- le parecía siempre inspirado por Dios Nuestro Señor, Amén.
Cuando estaba solo Fau, que era casi siempre, se entretenía recordando cosas de su vida en las montañas. Los veranos de la montaña eran mejores que los de la tierra baja y los inviernos tenían también días y noches memorables, aquellas noches que comenzaban a las cinco de la tarde y eran doblemente largas que los días.


Fragmento de la novela Saga de los suburbios, del escritor aragonés Ramón J Sender, nacido en Chalamera el 3 de febrero de 1901.

El 3 de febrero de 2004 en Al_Andar...

jueves, febrero 02, 2006

James Joyce

Los ojos de Gabriel, irritados por el piso que brillaba encerado debajo del macizo candelabro, vagaron hasta la pared sobre el piano. Colgaba allí un cromo con la escena del balcón de Romeo y Julieta, junto a una reproducción del asesinato de los principitos en la Torre que tía Julia había bordado en lana roja, azul y carmelita cuando niña. Probablemente les enseñaban a hacer esa labor en la escuela a que fueron de niñas, porque una vez su madre le bordó, para cumpleaños, un chaleco en tabinete púrpura con cabecitas de zorro, festoneado de raso castaño y con botones redondos imitando moras. Era raro que su madre no tuviera talento musical, porque tía Kate acostumbraba decir que era el cerebro de la familia Morkan. Tanto ella como Julia habían parecido siempre bastante orgullosas de su hermana, tan matriarcal y tan seria. Su fotografía se veía delante del tremó. Tenía un libro abierto sobre las rodillas y le señalaba algo en él a Costantine, que, vestido de marino, estaba tumbado a sus pies. Fue ella quien puso nombre a sus hijos, sensible como era al protocolo familiar. Gracias a ella, Costantine era ahora el cura párroco de Balbriggan, y, gracias a ella, Gabriel pudo graduarse en la Universidad Real. Una sombra pasó sobre su cara al recordar su amarga oposición a su matrimonio. Algunas frases peyorativas que usó vibraban todvía en su memoria; una vez dijo que Gretta era una rubia rural y no era verdad nada. Fue Gretta quien la atendió solícita durante su larga enfermedad final en la casa de Monkstown.

Sabía que Mary Jane debía de andar cerca del final de la pieza porque estaba tocando otra vez la melodía del comienzo con sus escalas sucesivas después de cada compás, y mientras esperó a que acabara, el resentimiento se extinguió en su corazón. La pieza terminó con un trino de octavas agudas y una octava final grave. Atronadores aplausos acogieron a Mary Jane al ruborizarse mientras enrollaba nerviosamente la partitura, y salió corriendo del salón. Las palmadas más fuertes procedían de cuatro muchachones parados en la puerta, los mismos que se fueron a refrescar cuando empezó la pieza y que regresaron tan pronto el piano se quedó callado.


Fragmento del relato Los Muertos, del escritor irlandés James Joyce, que nació el 2 de febrero de 1882 en Rathgar, suburbio de Dublín.

Después de la carrera (Dublineses)

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