viernes, febrero 03, 2006

Saga de los suburbios

El sótano era la vivienda de Fau y tenía varios compartimientos, unos con leña, otros con paja y en casi todos había algún mueble viejo y abandonado. Sillas cojas, un sofá mugriento e incluso un maniquí, es decir dos: uno de mimbre seco y otro de madera forrada.
Había tenido aquel sótano un portalón que en tiempos fue puerta cochera pero la había hecho tapiar don Avelino con piedra y argamasa. El afilador que solía ir antes a ver a Fau se quedaba fuera y se hacía presente dando con su caramillo la señal del viejo Pan bicorne. Así decía el sobrino de Avelino, hombre joven y muy sabio en toda clase de letras y ciencias, según decía Fau. Cuando hablaba el sobrino Fau lo escuchaba embelesado.
Aunque era verdadero sobrino de Avelino no entraba en el sótano por las escaleras que bajaban del primer piso sino que prefería entrar por la gatera de la romana un acceso que nadie conocía sino Fau y que comenzaba en una exclusa cerrada por una plancha horizontal de hierro e iba a parar a la báscula romana de palanca que contaba los caices de trigo. Nunca le preguntaba Fau por qué no prefería entrar en el primer piso donde vivía su tío y bajar al sótano por las escaleras. Era poco preguntador, Fau. Y lo que hiciera aquel sobrino de don Avelino, aquel hombre de luces que lo sabía todo -hasta escribía cosas que imprimían los diarios- le parecía siempre inspirado por Dios Nuestro Señor, Amén.
Cuando estaba solo Fau, que era casi siempre, se entretenía recordando cosas de su vida en las montañas. Los veranos de la montaña eran mejores que los de la tierra baja y los inviernos tenían también días y noches memorables, aquellas noches que comenzaban a las cinco de la tarde y eran doblemente largas que los días.


Fragmento de la novela Saga de los suburbios, del escritor aragonés Ramón J Sender, nacido en Chalamera el 3 de febrero de 1901.

El 3 de febrero de 2004 en Al_Andar...

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