martes, junio 06, 2006

La nevasca

María Gavrílovna se había educado en la lectura de novelas francesas y, por consiguiente, estaba enamorada. Su elegido era un alférez pobre, que se encontraba de permiso en su aldea. Huelga decir que el joven ardía en igual pasión y que los padres de su amada, al advertir la mutua predisposición, habían prohibido a la hija hasta pensar en él; en cuanto al joven, lo recibían peor que a un consejero retirado.
Nuestros enamorados mantenían correspondencia y se veían a diario, a solas, en el pinar o en la vieja capilla. Allí se juraban amor eterno, se lamentaban de su suerte y hacían toda dase de proyectos. En cartas y conversaciones, pues, llegaron, cosa muy natural, a la siguiente conclusión: si no podemos vivir el uno sin el otro y la voluntad de unos padres crueles se opone a nuestra dicha, ¿por qué no prescindir de esa voluntad? Esta feliz idea, se comprende, acudió primero a la mente del joven y agradó mucho a la romántica imaginación de María Gavrílovna.

Fragmento de la narración La nevasca, de Alexander Pushkin, nacido en Moscú el 6 de junio de 1799.
El 6 de junio de 1996 fallecía José María Valverde
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lunes, junio 05, 2006

O Henry

Entre las ventanas de aquella habitación había un alto espejo de pared. Quizá haya visto usted un espejo de pared en un apartamento de ocho dólares. Observando su imagen en una rápida sucesión de bandas longitudinales, una persona muy delgada y muy ágil puede tener una visión bastante exacta de su aspecto. Y, como Delia era esbelta, había conseguido dominar ese arte.
De pronto, se alejó de la ventana y se detuvo ante el espejo. Sus ojos brillaban, pero su cara se puso pálida a los veinte segundos. Con un gesto veloz, Delia se soltó el pelo y lo dejó caer cuan largo era.
Bueno, es necesario aclarar ya que Jaime Dillingham Young y su mujer se enorgullecían de dos cosas: del reloj de oro de Jim, heredado de su padre y de su abuelo, y de la mata de pelo de ella. Si la misma reina de Saba hubiera vivido enfrente, en el apartamento del otro lado de la escalera, Delia habría podido dejar colgar alguna vez su cabellera por la ventana, tanto para secarla como para demostrar a su majestad que le traían sin cuidado joyas y presentes.

Fragmento del relato El regalo, de William Sydney Porter (O. Henry) fallecido el 5 de junio de 1910
El sueño, un cuento de O. Henry
El 5 de junio de 1898 nacía Federico García Lorca
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sábado, junio 03, 2006

Camino a casa

Después de una tempestad, se ve el poder de persuasión del aire. Mis méritos se me hacen evidentes y me dominan, aunque no les ofrezco ninguna resistencia.
Camino, y mi compás es el compás de este lado de la calle, de la calle, de todo el barrio. Por derecho, soy responsable de todas las llamadas a las puertas, de todos los golpes en las mesas, de todos los brindis, de todas las parejas de amantes en sus lechos, en los andamiajes de las construcciones, en las calles oscuras, apretados contra los muros de las casas, en los divanes de los prostíbulos.
Comparo mi pasado con mi futuro, pero ambos me parecen admirables, no puedo otorgar la palma a ninguno de los dos, y sólo protesto ante la justicia de la Providencia, que me ha favorecido tanto.
Pero cuando entro en mi habitación, me siento un poco pensativo, aunque al subir las escaleras no me he encontrado con nada que justifique ese sentimiento. No me sirve de mucho abrir de par en par la ventana, y oír que todavía están tocando música en un jardín.

Camino a casa, de Franz Kafka, fallecido el 3 de junio de 1924.
El 3 de junio de 1926 nacía Allen Ginsberg
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viernes, junio 02, 2006

Max Aub

Es, de pronto. Ya. Surte, rompe las nieblas del blando sueño del amanecer ya tibio. Todo, como estaba; la noche pasó volando, sin huella. Nada sorprende tras el repente del día ya hecho. Al despertar no hay quien lo coja: dándose cuenta ya fue.
Sí, está en la playa: en la casa de la playa.
Lo primero que percibe, es la presión de la sábana en el pulgar de su pie derecho: lo tumba, lo aparta hacia un lado, siente el frescor del lienzo limpio. Extraña la penumbra, hecho a la mayor oscuridad de su cuarto de la ciudad. Las fallebas se hinchan, pegajosas, rezumando resina. El sol, de poco nacido, embija los nudos de la madera de pino de las contraventanas. Sombra caliente. Ahora, despacio, separa la pierna izquierda hasta formar su mayor ángulo con la derecha. La suave temperie de lo inhollado asciende por las pantorrillas, como si atravesara un vado. Entonces, movimiento brusco, da media vuelta a la derecha, se vuelca sobre su costado. Siente su perfil en la almohada, una línea de hilo. Enrique todavía no ha pensado en nada. Cree que no ha pensado en nada. ¿Tiene sueño? Indaga y no se contesta. Cierra los ojos y piensa en lo que va a hacer. No tiene nada que hacer. Mullicie, Euritmia. Se encoge. Se desenrosca en seguida; alarga un brazo y toca el fresco encalado de la pared.
Nada más que lo que él quiera hacer. Placidez. Ocio deleitoso. Balsa de aceite. Da otra vuelta, pasa los brazos bajo la almohada. Se siente envallado por la cama, protegido.

Fragmento de la narración Yo vivo, de Max Aub, nacido en París el 2 de junio de 1903.
El 2 de junio de 1970 fallecía el poeta Giuseppe Ungaretti
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jueves, junio 01, 2006

Hugh Walpole

Cuando la miré, surgió dentro de mi una alegría tan grande que no pude tener conciencia de ningún otro sentimiento.
Y aquí debo intercalar esto: que a través de todos los incidentes que siguieron, horribles, burlescos, aterrorizantes o hermosos, mi propio sentimiento fue principalmente de felicidad. Si esta crónica no trata de la muerte y de la anticipación de la muerte tan seriamente como debiera, lo siento, y me disculpo, pero el hecho es que, a través de esa noche increíble, la muerte me parecía completamente sin importancia tal como me había sucedido en ciertos grandes momentos de la guerra.
Pero como verán, no parecía desprovista de importancia para Hench, por ejemplo, y ni por un momento para Pengelly.
En realidad, la forma en que su inminencia actuó sobre todos nosotros de diferente modo es uno de los motivos de esta narración. Por mi parte sólo puedo decir que desde el instante en que encontré nuevamente a Hellen hasta el último momento enloquecido entre los techos y las chimeneas, aunque experimenté también muchas otras emociones, la principal fue la de sobrecogedora, casi triunfal felicidad...

Fragmento de la novela En la plaza oscura, de Hugh Walpole, fallecido el 1 de junio de 1941.
El 1 de junio de 1936 fallecía Francisco Grandmontagne

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