viernes, julio 14, 2006

Isaac Bashevis Singer

En el ático, rabí Leib encontró los sacos de arcilla y se puso a esculpir una figura de hombre. Para esculpirla no usaba cincel, sino los dedos. Amasaba la arcilla como si fuera masa de pan. Trabajaba a toda velocidad; al mismo tiempo rezaba para que lo que estaba haciendo saliera bien. Todo el día estuvo rabí Leib atareado en el ático, y, cuando llegó la hora de las oraciones de la tarde, lo que había en el suelo era una forma descomunal de hombre, con una cabeza muy grande, anchos hombros y manos y pies enormes: un coloso de barro. El rabino lo contempló con asombro. Jamás hubiera logrado tal cosa sin la ayuda de la Providencia Todopoderosa y Particular. El rabino había tomado consigo el devocionario donde su santo visitante había escrito el nombre de Dios. Rabí Leib lo grabó en la frente del gólem, con letras hebreas tan pequeñas que sólo él mismo pudiera distinguirlas. Inmediatamente, la figura de arcilla empezó a dar señales de vida.
El gólem comenzó a mover los brazos y las piernas y trató de alzar la cabeza. Pero el rabino había tenido cuidado de no grabar el Santo Nombre entero; omitió una pequeña parte de la última letra que era un «alef», para que el gólem no empezara a actuar mientras no estuviera vestido. Como el rabino sabía que los fieles de la comunidad se extrañarían de que no estuviera en la sinagoga para decir las oraciones de la tarde, decidió dejar allí el gólem sin terminar y empezó a bajar los estrechos peldaños.

Fragmento de Golem, el coloso de barro, de Isaac Bashevis Singer, oficialmente nacido el 14 de julio de 1904.
El 14 de julio de 2003 fallecía Roberto Bolaño

miércoles, julio 12, 2006

El poeta

Antes anduve por la vida, en medio
de un amor doloroso: antes retuve
una pequeña página de cuarzo
clavándome los ojos en la vida.
Compré bondad, estuve en el mercado
de la codicia, respiré las aguas
más sordas de la envidia, la inhumana
hostilidad de máscaras y seres.
Viví un mundo de ciénaga marina
en que la flor de pronto, la azucena
me devoraba en su temblor de espuma,
y donde puse el pie resbaló mi alma
hacia las dentaduras del abismo.
Así nació mi poesía, apenas
rescatada de ortigas, empuñada
sobre la soledad como un castigo,
o apartó en el jardín de la impudicia
su más secreta flor hasta enterrarla.
Aislado así como el agua sombría
que vive en sus profundos corredores,
corrí de mano en mano, al aislamiento
de cada ser, al odio cotidiano.
Supe que así vivían, escondiendo
la mitad de los seres, como peces
del más extraño mar, y en las fangosas
inmensidades encontré la muerte.
La muerte abriendo puertas y caminos.
La muerte deslizándose en los muros.

Poema del Canto General de Pablo Neruda, nacido en Parral (Chile) el 12 de julio de 1904.
El 12 de julio de 1817 nacía Henry David Thoreau

lunes, julio 10, 2006

Marcel Proust

Muy de mañana, mirando todavía a la pared y sin haber visto aún el matiz de la raya del día sobre las grandes cortinas de la ventana, sabía ya qué tiempo hacía. Me lo decían los primeros ruidos de la calle, según llegaran amortiguados y desviados por la humedad o vibrantes como flechas en el aire resonante y vacío de una mañana espaciosa, glacial y pura; en el paso del primer tranvía notaba yo si rodaba aterido en la lluvia o iba camino del azur. Y acaso a estos ruidos se había anticipado alguna emanación más rápida y más penetrante que, filtrándose en mi sueño, le infundía una tristeza que presagiaba la nieve o bien hacía entonar en él a cierto pequeño personaje intermitente tan numerosos cánticos a la gloria del sol, que acababan por provocar en mí, dormido aún, con un asomo de sonrisa y dispuestos los párpados cerrados a dejarse deslumbrar, un estrepitoso despertar en música. En aquella época, yo percibía la vida exterior sobre todo desde mi cuarto. Sé que Bloch contó que, cuando iba a verme por la noche, oía un rumor de conversación. Como mi madre estaba en Combray y él no encontraba nunca a nadie en mi habitación, dedujo que hablaba solo. Cuando, mucho más tarde, supo que Albertina vivía entonces conmigo y comprendió que la escondía de todo el mundo, dijo que por fin veía la razón de que, en aquella época de mi vida, nunca quisiera salir. Se equivocaba. Pero era muy disculpable, pues la realidad, aunque sea necesaria, no es completamente previsible; los que se enteran de algún detalle exacto sobre la vida de otro sacan en seguida consecuencias que no lo son y ven en el hecho recién descubierto la explicación de cosas que precisamente no tienen ninguna relación con él.

Fragmento de La prisionera, de Marcel Proust, nacido en Auteil (París) el 10 de julio de 1871.
El 10 de julio de 1915 nacía Saul Bellow
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domingo, julio 09, 2006

Jan Neruda

Andaba por las calles siempre con el sombrero en la mano, por mucho frío que hiciese o por mucho que quemase el sol. A lo más, se le vio alguna vez protegiendo con su chistera chata, pero de ala ancha, su cabeza, como una sombrilla. Su pelo gris estaba peinado formando una crencha lisa pegada al cráneo, que terminaba detrás en una coleta tan apretada y tan atada que ni siquiera se movía; una de las últimas coletas de Praga, cuando ya no existían más que dos o tres. Su frac, de color verde, con botones dorados, tenía un cuerpo muy corto, pero en cambio unos faldones muy largos, que chocaban a cada paso con las delgadas pantorrillas del señor Rybar cuando paseaba su cuerpecillo delgado por aquellas calles de Dios. Cubría su pecho con un chaleco blanco, y los pantalones, negros, sólo le llegaban hasta debajo de la rodilla, donde lucía dos hebillas de plata, a las que seguían dos medias blancas como la nieve, que terminaban en otras dos hebillas de plata y en dos zapatos bastante grandes.

Fragmento del relato Hastrman, del escritor checo Jan Neruda, nacido el 9 de julio de 1834.
El 9 de julio de 1962 fallecía Georges Bataille
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sábado, julio 08, 2006

Giovanní Papini

Una imposible mañana de invierno, en una estación bien conocida, un hombre al que no conozco, con abrigo y dos violetas en el ojal, quería demostrarme que los hombres son felices, que la vida es grande y que el mundo es bello. Yo lo escuchaba con interés, sacudiendo a cada momento la ceniza de mi cigarrillo, que se consumía al viento sin que nunca me lo llevara a la boca. Lo escuchaba y sonreía, y el Hombre que no conozco se acaloraba cada vez más y ya del humour pasaba al sentimiento, al entusiasmo, al delirio. La fuga de sus rápidas palabras, escurridizas, duras, como acabadas de fundir, como acuñadas de nuevo en algún sitio, hacía poco tiempo, me llenaba de una embriaguez muy parecida a la que da el champaña. Algo picante y saltarín; una necesidad de abrazar y de llorar, de bailar, de reír a pequeños impulsos.
A un cierto momento, su voz dijo:
- Piense, caballero, piense en la grandeza del progreso que se realiza bajo nuestros ojos, en el progreso que lleva a los hombres del pasado al futuro, de aquello que ya no es a lo que no es todavía, de aquello que se recuerda a aquello que se espera. Los salvajes no prevén el futuro, no piensan en lo por venir; no prevén y no previenen. Pero nosotros: nosotros, hombres civilizados; nosotros, hombres nuevos, vivimos para el futuro y gracias al futuro. Toda nuestra vida está dirigida hacia lo que tiene que venir, está construida en vista a lo que sucederá. Nuestros hombres consagran el hoy al mañana, siempre, cada día que pasa al mañana que pasará, respetuosamente y valerosamente... (continúa)

Fragmento del relato El espejo que huye, de Giovanni Papini, fallecido en Florencia el 8 de julio de 1956.
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