sábado, junio 10, 2006

Herzog

La fuerte constitución de Herzog actuaba obstinadamente contra su hipocondría. A principios de junio, cuando la agudización de los trastornos vitales molesta a mucha gente, y las nuevas rosas, incluso las de los escaparates de las floristerías, les recuerdan sus fracasos, la esterilidad y la muerte, Herzog visitó a un médico para que lo revisara. Acudió a un viejo refugiado, el Dr. Emmerich, en el West Side, frente al Central Park. Un conserje helado, que olía a viejo, y llevaba una gorra de una campaña balcánica de hace medio siglo, le hizo pasar bajo la decrépita bóveda del vestíbulo. En la consulta, Herzog se desvistió. Era una habitación de un tétrico color verde. Las sombrías paredes padecían la enfermedad que hincha los viejos edificios de New York. Herzog no era muy grande pero de buen cuerpo, con los músculos desarrollados por el duro trabajo que había realizado en el campo. Se sentía orgulloso de sus manos, anchas y fuertes, así como de la suavidad de su piel, pero temía estar interpretando el papel del hombre orgulloso de su buen aspecto físico al envejecer. Se llamó a sí mismo «viejo tonto» apartando la mirada del pequeño espejo donde se veía el cabello entrecano y sus arrugas de hombre divertido y amargado.

Fragmento de la novela Herzog, del escritor canadiense Saul Bellow, nacido el 10 de junio de 1915.
El 10 de junio de 1949 fallecía Sigrid Undset
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