martes, enero 17, 2006

Novedades en Letralia

La revista literaria digital Letralia, Tierra de Letras inauguró este lunes 16 de enero dos nuevos espacios: Aula Letralia, un centro de formación literaria, y TransLetralia, una publicación sobre traducción, según informó su editor, el escritor venezolano Jorge Gómez Jiménez.

Aula Letralia reúne material de orientación sobre el aprendizaje del oficio literario, incluyendo textos de Julio Cortázar, Roberto Bolaño, William Faulkner, Gabriel García Márquez y otros, así como opiniones de sus lectores sobre las técnicas que consideran más apropiadas para quien desea convertirse en un escritor.

Asimismo, el sitio es un aula virtual en el que varios guías dictarán talleres literarios en línea, el primero de los cuales es “Técnica y arte del blog literario”, dictado por Gómez Jiménez. El taller consta de 12 lecciones que serán impartidas a través del correo electrónico, y en las que los participantes aprenderán sobre la historia de los blogs, cómo diseñarlos y armarlos, sitios dónde alojarlos, cómo hacer un blog que destaque y toda la información que necesitan para hacer un blog atractivo.

Por su parte, TransLetralia es una publicación digital dedicada a la promoción de los traductores literarios que usan el español como lengua de trabajo. Incluye textos de autores consagrados traducidos de otras lenguas al español y viceversa, además de material ensayístico sobre el oficio del traductor.

La primera selección de textos que publica TransLetralia incluye el cuento X-ing a Parabrab, del estadounidense Edgar Allan Poe, traducido por el venezolano Miguel Siso; una colección de relatos breves del chino Pu Sungling cuya versión en español estuvo a cargo del venezolano Wilfredo Carrizales; poemas del estadounidense Raymond Carver traducidos por el argentino Esteban Moore y del japonés Shuntaro Tanikawa traducidos por la mexicana Cristina Rascón Castro.

Estos textos no habían sido nunca traducidos al español. Adicionalmente, TransLetralia publica un libro sobre traducción de textos religiosos hebreos del uruguayo Iaír Menachem y un capítulo de la novela El Inesperado, de Enrique Lafourcade, traducido al inglés por Nicole Lafourcade.

Con la creación de estos espacios, Letralia inicia la celebración de su décimo aniversario, que se cumplirá el sábado 20 de mayo de 2006, y complementa su oferta de contenidos para escritores y lectores de habla hispana, que incluye también una revista literaria de circulación quincenal en la que ya han sido publicados textos de más de mil autores, un directorio de recursos culturales en Internet, una editorial digital y una sección de autores invitados.

El 17 de enero de 2004 en Al_Andar...

domingo, enero 15, 2006

Nada hay en la orilla infranqueable


Nada hay en la orilla infranqueable.

Olas acariciando lo que roban.
Espejos reflejando sus reflejos.
Salitre y algas viejas, desterradas.

El mar y las gaviotas y el último destello
de otra estrella caída allá en lo alto.

Las nubes y el silencio
apenas quebrantado por el roce
de alguna pluma furtiva extraviada.

Sólo la orilla y los ojos
apagados
de quien llega al final de su camino.

Sergio B.

jueves, enero 12, 2006

Jack London

Ah Cho no tenía nada que temer. No había participado en el crimen. Verdad era que lo había presenciado y que Schemmer, el capataz de la plantación, había irrumpido en el interior del barracón poco después de ocurrir el suceso, sorprendiéndole allí junto a otros cuatro o cinco coolies, pero, ¿qué importaba eso? Chung Ga había muerto de dos heridas de arma blanca. Estaba claro que cinco o seis hombres no podían infligir dos puñaladas. Aun en el caso de que cada una se debiera a distinta mano, sólo dos podían ser los asesinos.
Tal había sido el razonamiento de Ah Cho cuando, junto con sus cuatro compañeros, había mentido, trabucado y confundido al tribunal con su declaración respecto a lo ocurrido. Habían oído ruidos y, como Schemmer, habían corrido al lugar de donde procedían. Habían llegado antes que el capataz, eso era todo. Era cierto también que Schemmer había declarado que, si bien había oído ruidos de pelea al pasar por las cercanías del lugar del suceso, había tardado al menos cinco minutos en entrar al barracón. Que había hallado en el interior a los prisioneros y que éstos no habían podido entrar inmediatamente antes porque él los hubiera visto, dado que se hallaba junto a la única puerta de la construcción.

Fragmento del relato El Chinago, de Jack London, nacido el 12 de enero de 1876 en San Francisco.

Otros cuentos de Jack London

Cien años más tarde, el 12 de enero de 1976, fallecía Agatha Christie.

viernes, enero 06, 2006

No habrá más penas ni olvido

Entonces empezó a gemir. El cigarrillo cayó de sus manos. Se puso de palmas sobre la cara y sollozó largamente. Ignacio lo miró con lástima. Se asombró de tener todavía capacidad para compadecerse de los demás. Había visto centenares de veces a Peláez caminar de un lado a otro del pueblo, sin rumbo. El loco solía detenerse a escribir frases extrañas sobre las paredes o los frentes de las casas. Dormía a la intemperie en la plaza o bajo las chapas del corralón municipal; a veces en algún zaguán abierto. Nadie lo había visto comer jamás.
Ahora estaba parado allí, cubierto de luz. Se dobló para levantar el cigarrillo y le costó llegar con la mano al suelo. Por un instante la atención de los tres hombres se fijó en él. Peláez, al agacharse, había descubierto el cuerpo de Moyano, tapado con diarios. Se acercó, y levantó uno y le miró la cara. Otra vez rompió a llorar. Se puso de rodillas, abrazó el cadáver y lo estrechó contra su cuerpo. Ignacio vio que el clavel se aplastaba sobre la nariz del placero.
A lo lejos, sonaron dos balazos.

Fragmento de la novela No habrá más penas ni olvido, del escritor argentino Osvaldo Soriano, nacido en Mar del Plata el 6 de enero de 1943.

También un 6 de enero, en 1931, nacía Juan Goytisolo.

miércoles, enero 04, 2006

Albert Camus

Era el pleno invierno y, sin embargo, se anunciaba una mañana radiante en la ciudad ya activa. En el extremo de la escollera, el mar y el cielo se confundían en un mismo resplandor. No obstante, Yvars no los veía. Pedaleaba pesadamente por las avenidas del puerto. Su pierna inválida descansaba inmóvil sobre el pedal fijo de la bicicleta, mientras la otra se esforzaba en vencer a los adoquines, aún mojados por la humedad nocturna. Sin levantar la cabeza, frágil sobre su sillín, evitaba los rieles del antiguo tranvía, se desviaba a un lado con un brusco movimiento del manillar para dejar paso a los automóviles que se le adelantaban y, de vez en cuando, con el codo echaba hacia atrás, sobre sus riñones, la mochila en la que Fernande le había metido el almuerzo. Pensaba entonces amargamente en el contenido de la mochila. Entre las dos gruesas rebanadas de pan, en lugar de la tortilla a la española que tanto le gustaba, o el filete frito, no había más que un trozo de queso.
Nunca le había parecido tan largo el camino hasta el taller. Es que iba envejeciendo. A los cuarenta años, y aunque hubiera permanecido seco como un sarmiento de viña, los músculos no entran en calor tan rápidamente.

Fragmento de la narración Los mudos, del escritor francés Albert Camus, muerto en un accidente de tráfico en la localidad de Villeblerin (Francia) el 4 de enero de 1960.

El 4 de enero de 1965 fallecía en Londres el poeta TS Eliot.

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