viernes, enero 06, 2006

No habrá más penas ni olvido

Entonces empezó a gemir. El cigarrillo cayó de sus manos. Se puso de palmas sobre la cara y sollozó largamente. Ignacio lo miró con lástima. Se asombró de tener todavía capacidad para compadecerse de los demás. Había visto centenares de veces a Peláez caminar de un lado a otro del pueblo, sin rumbo. El loco solía detenerse a escribir frases extrañas sobre las paredes o los frentes de las casas. Dormía a la intemperie en la plaza o bajo las chapas del corralón municipal; a veces en algún zaguán abierto. Nadie lo había visto comer jamás.
Ahora estaba parado allí, cubierto de luz. Se dobló para levantar el cigarrillo y le costó llegar con la mano al suelo. Por un instante la atención de los tres hombres se fijó en él. Peláez, al agacharse, había descubierto el cuerpo de Moyano, tapado con diarios. Se acercó, y levantó uno y le miró la cara. Otra vez rompió a llorar. Se puso de rodillas, abrazó el cadáver y lo estrechó contra su cuerpo. Ignacio vio que el clavel se aplastaba sobre la nariz del placero.
A lo lejos, sonaron dos balazos.

Fragmento de la novela No habrá más penas ni olvido, del escritor argentino Osvaldo Soriano, nacido en Mar del Plata el 6 de enero de 1943.

También un 6 de enero, en 1931, nacía Juan Goytisolo.

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