lunes, enero 23, 2006

Olga, Galleguita

"...durante una fracción de segundo su cabeza alcanzó la dulce ingravidez, giró lentamente y sus ojos recogieron por última vez la engañosa luz de las estrellas, la última promesa loca de la vida"
(La oscura historia de la prima Montse)
Juan Marsé

Y aunque no te conmovían los tangos, tu cara fresca me conmovía a mí y eso me bastaba. Cometiste el pecado de ser la Galleguita Olga, y tu frescura caía sobre mis sueños empapándome de ilusiones.
Y te decía con lasciva angustia que tu pubis era como un cuadro del renacimiento; y que tus piernas, largas y pálidas, eran una llamada de amor indio.
Y vos enfurruñada me crucificabas: Andá a joder a otras con esas comparaciones tontitas, y al decirlo recogiste tu cabello revuelto por la brisa.
Y vos meneabas ese garbo traído de las muñeiras de Galicia, donde tus viejos se rompieron el lomo gallego.
Y yo disfrutaba tu pantalon ajustado. Eras un ángel distraído que llegaste hasta la calle de baldosas sueltas que se rompían a tu paso y en la que gorriones incestuosos se columpiaban entre esos paraísos que se llevó el tiempo, arrugados exhaustos por inviernos tétricos lúgubres.
Y tengo en la retina tus ojos color difuso oscuros parpadeando con esa candidez deliberada que regocijaba mi corazón.
Y eras como un fresco pintado sobre una pared de barrio por un artista muerto de amor y pena. Y Sos un adulador mentiroso me decías sacudiéndome aquel dedo tan blanco y delgado que yo llamaba aguja de colchonero.
Y entonces te hacías la rata yéndote por largos días, tan largos y tan tristes me parecían que había decidido voltearme y dejarme morir.
Y entonces llegabas confundida entre un montón de sonámbulos sacándome la lengua como relamiendo una costra de chocolate.
Y aparecías como un trasgo envuelta en la niebla que trepaba del Riachuelo y yo suspirando, marmota imberbe aplanado por una ristra de emociones virginales.
Y a veces te imaginaba taconeando como una andaluza metida en esos timbos bochincheros, mientras tus piernas largas y pálidas llamada de amor indio se deslizaban entre las burbujas de la tardecita de ensueños e ilusiones, como para tomar mate con rosquitas o una taza de café renegrido con bizcochitos de grasa.
Y siempre pensándote en la cama arrullados entre las sábanas, y los sexos buscándose con premura e inocencia para gemir entre vaivenes agónicos y desesperados.
Y veía a esos tipos desgarbados que con estulticia despareja te desnudaban sin bochorno con miradas concupiscentes y salivosas.
Y me angustié el día ese en que sentada en la fonda de la calle Río Bamba susurraste: me voy.¿Que qué? me voy, y no pongas cara de Cristo apuñaleado o de Che Guevara sobre el mármol sucio y frío, que me voy…
Y no supe de vos hasta que encontraron tus piernas largas y pálidas llamada de amor indio, tu cara fresca y el pubis, que era como un cuadro del renacimiento, tumbados en ese basural del Docke. Y con la sangre reseca y negra, como el alma del que te violó y te punzó la garganta, tan suave tan bella tan Olga, Galleguita.
Y tus ojos color difuso rociados por aquellos lagrimones que resbalaban con pena, porque vos Olga Galleguita te fuiste con tus pájaros a saltar de rama en rama sobre los paraísos de la barriada.
Y el fresco pintado sobre una pared de barrio por un artista muerto de amor y pena yace atribulado entre velas de colores y lágrimas de yeso.
Y ahora ya no te escucho pucha decirme con aquella voz de sonsa: Sos un adulador mentiroso, sacudiéndome aquel dedo tan blanco y delgado que yo llamaba aguja de colchonero.
Y yo que quiero dejarme morir, Olga Galleguita, porque acuchillaron tu inocencia y a la mía la murieron.

Andrés Aldao, editor de la revista Artesanías Literarias
El 23 de enero de 1783 nacía Marie Henri Beyle, Stendhal

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