miércoles, enero 18, 2006

Ellos

Cuando las colinas boscosas se cerraron a mi alrededor, me erguí en el coche para tener una visión general del gran Down, cuya cima anillada es un hito en cincuenta millas a la redonda en las comarcas bajas. Supuse que la orientación del campo me llevaría a través del llano hasta alguna carretera que se dirigiera hacia el oeste y que llegara hasta el pie de la montaña, pero no pude comprobarlo a causa de los velos densos de los montes. Un giro rápido me sumergió primero en un atajo verde, lleno de luz solar líquida, después en un túnel de penumbras donde las hojas muertas del año anterior susurraban y crepitaban bajo mis ruedas. El ramaje resistente de los avellanos, que se cruzaba por encima de mi cabeza, no había sido podado a lo largo de dos generaciones, por lo menos, y ningún hacha había ayudado al roble cubierto de musgo o al haya a subir más alto que ellos. Allí la carretera se convertía abiertamente en sendero alfombrado sobre cuyo terciopelo marrón matas viejas de prímulas parecían trozos de jade y unas pocas campanillas de tallos blancos, enfermizas, cabeceaban al unísono. Gracias a la cuesta, apagué el motor y me deslicé por encima de los remolinos de hojas esperando a cada momento encontrarme con algún guardia, pero oí el grito de un grajo, a lo lejos, disputando con el silencio bajo la penumbra de los árboles.
El sendero seguía bajando. Estaba a punto de dar la vuelta y de rehacer mi camino en segunda, antes que fuera a dar en algún pantano, cuando vi un rayo de luz que más adelante atravesaba la maraña y solté el freno.

Fragmento del relato Ellos, de Rudyard Kipling, fallecido en Londres el 18 de enero de 1936.

Leer El libro de las tierras vírgenes

El 18 de enero de 1867 nacía el poeta Rubén Darío

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