
La catedral era obra de sus príncipes eclesiásticos. Todos habían puesto en ella algo que revelaba su carácter. Los más rudos y guerreadores, el armazón, la montaña de piedra y el bosque de madera que formaban su osamenta; los más cultos, elevados a la sede en época de refinamiento, las verjas de menuda labor, las portadas de pétreo encaje, los cuadros, las joyas que convertían en tesoro su sacristía. La gestación de la giganta había durado cerca de tres siglos. Era como los animales enormes de la época prehistórica, durmiendo largos años en el vientre materno antes de salir a luz.
Cuando sus pilastras y muros surgieron del suelo, el arte gótico aún estaba en su primera época.
Fragmento de la novela La Catedral, de Vicente Blasco Ibáñez, (29 de enero de 1867 - 28 de enero de 1928)
El establo de Eva (Cuento de Blasco Ibáñez)
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