domingo, junio 11, 2006

Yasunari Kawabata

La sola consideración de que una piedra antigua y hermosa fuera mi tumba, me hacía llevadero el desagrado de pensar en cómo podría ser mi entierro. La gente que venga a orar ante mi tumba sentirá su hermosura. Será una belleza que yo aprecio pero que no ha sido fabricada por mí ni por mi época. Tendrá algo imposible de lograr hoy en día: una belleza que heredamos del antiguo Japón y que pasará hasta las generaciones posteriores en una piedra que no se destruye.
Mi corta existencia entrará en la larga vida que fluye en esa piedra. Ni mi nombre ni mi edad estarán grabados porque voy a usar la piedra tal como fue elaborada. La reconocerán como mi tumba únicamente aquellos que sepan de ella. Los demás pasarán de largo después de contemplar su discreta hermosura. Y cuando llegue el tiempo en que nadie identifique mi tumba, mi piedra seguirá ahí, hermosamente erguida, y trasmitirá un pedazo de la belleza de Japón.

Mientras uno está vivo no hay razón para ponerse a pensar en la tumba que tendrá cuando muera. Pero cuando empiezan a multiplicarse las tumbas de los amigos y conocidos, hay momentos en que la idea nos pasa por la cabeza.

Fragmento de la narración El crisantemo en la roca, de Yasunari Kawabata, nacido en Osaka el 11 de junio de 1899.
El 11 de junio de 1900 nacía Leopoldo Marechal
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sábado, junio 10, 2006

Herzog

La fuerte constitución de Herzog actuaba obstinadamente contra su hipocondría. A principios de junio, cuando la agudización de los trastornos vitales molesta a mucha gente, y las nuevas rosas, incluso las de los escaparates de las floristerías, les recuerdan sus fracasos, la esterilidad y la muerte, Herzog visitó a un médico para que lo revisara. Acudió a un viejo refugiado, el Dr. Emmerich, en el West Side, frente al Central Park. Un conserje helado, que olía a viejo, y llevaba una gorra de una campaña balcánica de hace medio siglo, le hizo pasar bajo la decrépita bóveda del vestíbulo. En la consulta, Herzog se desvistió. Era una habitación de un tétrico color verde. Las sombrías paredes padecían la enfermedad que hincha los viejos edificios de New York. Herzog no era muy grande pero de buen cuerpo, con los músculos desarrollados por el duro trabajo que había realizado en el campo. Se sentía orgulloso de sus manos, anchas y fuertes, así como de la suavidad de su piel, pero temía estar interpretando el papel del hombre orgulloso de su buen aspecto físico al envejecer. Se llamó a sí mismo «viejo tonto» apartando la mirada del pequeño espejo donde se veía el cabello entrecano y sus arrugas de hombre divertido y amargado.

Fragmento de la novela Herzog, del escritor canadiense Saul Bellow, nacido el 10 de junio de 1915.
El 10 de junio de 1949 fallecía Sigrid Undset
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viernes, junio 09, 2006

El herbolario

El topo y el lince eran los ministros de mi sabiduría secreta. Me habían seguido al establecerme en un paisaje desnudo. Unos pájaros blancos lamentaban la suerte de Euforión, el de las alas de fuego, y la atribuían al ardimiento precoz, al deseo del peligro. El topo y el lince me ayudaban en el descubrimiento del porvenir por medio de las llamas danzantes y de la efusión del vino, de púrpura sombría. Yo contaba el privilegio de rastrear los pasos del ángel invisible de la muerte. Yo recorría la tierra, sufriendo la grita y pedrea de la multitud. No conseguí el afecto de mis vecinos alumbrándoles aguas subterráneas en un desierto de cal. Una doncella se abstuvo de censurar mi traje irrisorio, presente de Klingsor, el mago infalible. Yo la salvé de una enfermedad inveterada, de sus lágrimas constantes. Un espectro le había soplado en el rostro y yo le volví la salud con el auxilio de las flores disciplinadas y fragantes del díctamo, lenitivo de la pesadumbre.

El herbolario, del libro El cielo de esmalte, de José Antonio Ramos Sucre, nacido el 9 de junio de 1890 en Cumaná.
El 9 de junio de 1974 fallecía Miguel Angel Asturias
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jueves, junio 08, 2006

Opus Nigrum

Acaso no tuviera alma. Tal vez sus repentinos ardores no fueran más que el desbordamiento de una fuerza corporal increíble; quizá, magnífico actor, ensayaba sin cesar una forma nueva de sentir; o más bien no había en él más que una sucesión de actitudes violentas y soberbias, pero arbitrarias, como las que adoptan las figuras de Buonarotti en las bóvedas de la Capilla Sixtina. Luca, Urbino, Ferrara, peones en el juego de ajedrez de su familia, le hicieron olvidar los paisajes de verdes llanuras rebosantes de agua en donde, por un momento, había consentido vivir. Amontonó en sus baúles los fragmentos de manuscritos antiguos y los borradores de sus poemas de amor. Calzadas botas y espuelas, con sus guantes de cuero y el sombrero de fieltro, parecía más que nunca un caballero y menos que nunca un hombre de Iglesia. Subió a los aposentos de Hilzonde para decirle que se marchaba.
Estaba embarazada. Lo sabía. No se lo dijo. Demasiado llena de ternura para constituirse en obstáculo de sus miras ambiciosas, era asimismo demasiado orgullosa para prevalerse de una confesión que su estrecha cintura y su vientre plano no confirmaban todavía. Le hubiera disgustado ser acusada de embustera y tal vez aún más sentirse importuna. Pero unos meses más tarde, tras haber traído al mundo un hijo varón, no se creyó con derecho a dejar que Micer Alberico de Numi ignorase el nacimiento de su hijo. Apenas sabía escribir; tardó horas en componer una carta, borrando con el dedo las palabras inútiles.


Fragmento de la novela Opus Nigrum, de Marguerite Yourcenar, nacida en Bruselas el 8 de junio de 1903.
El 8 de junio de 1910 nacía María Luisa Bombal
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miércoles, junio 07, 2006

Henry Miller

Henry MillerY ahora, Joey, voy a contarte algo más de mis noches de soledad en New York, la forma en que ando Broadway arriba y Broadway abajo, entrando en calles transversales y saliendo de ellas, mirando vidrieras y puertas, preguntándome siempre cuándo sucederá el milagro y si sucederá. Y nunca pasa nada. La otra noche entré en un salón de lunch al paso, un infame salón de la parte oeste de calle 45, frente a la Blue Grotto. Un buen ambiente para "Los asesinos". Conocí algunos pájaros de cuenta bastante pendencieros, todos de cutis cetrino y de peludas cejas. Caras que parecen cráteres hundidos. Ojos dementes y taladrantes que lo perforan a uno y lo estudian como si fuese carne de caballo. Había unas cuántas putas de la sexta avenida junto con algunas de las coristas más sorprendentemente hermosas que has visto alguna vez. Una de éstas se sentó a mi lado. Era tan bella, tan fascinante, tan fresca, tan virginal, tan ofensivamente Palmolive en todos los aspectos que me dio vergüenza mirarla resueltamente a los ojos. Sólo le miré los guantes, que eran porosos, hechos de fina seda.

Fragmento de New York, ida y vuelta, de Henry Miller, fallecido el 7 de junio de 1980.
El 7 de junio de 1843 fallecía Friedrich Hölderlin
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