sábado, agosto 05, 2006

Guy de Maupassant

Ordenes gritadas por una voz desconocida y gutural subían a lo largo de las casas, que parecían muertas y desiertas, mientras, tras los postigos cerrados, los ojos espiaban a esos hombres victoriosos, dueños de la ciudad, de las fortunas y de las vidas por el "derecho de guerra". Los habitantes, en sus cuartos ensombrecidos, sentían el enloquecimiento que dan los cataclismos, los grandes trastornos mortíferos de la tierra, contra los cuales resultan inútiles toda fuerza y toda sabiduría. Pues la misma sensación vuelve a aparecer cada vez que el orden establecido de las cosas es subvertido, que todo lo que protegían las leyes de los hombres o de la naturaleza se encuentra a la merced de una brutalidad inconsciente y feroz. El temblor de tierra que aplasta a un pueblo entero bajo las casas derrumbadas; el río desbordado que mezcla a los campesinos ahogados con los cadáveres de bueyes y las vigas arrancadas a los techos, o el ejército victorioso que asesina a los que se defienden, lleva prisioneros a los otros, saquea en nombre de la espada y da gracias a Dios al son del cañón, son otras tantas plagas espantosas que desconciertan toda creencia en la justicia eterna, toda la confianza que nos ha sido enseñada en la protección del cielo y en la razón de los hombres.
Pero a cada puerta golpeaban pequeños destacamentos y luego desaparecían en las casas. Era la ocupación después de la invasión. Empezaba para los vencidos el deber de mostrarse amables con los vencedores.

Fragmento de la narración Bola de sebo, de Guy de Maupassant, nacido el 5 de agosto de 1850.
El 5 de agosto de 1962 fallecía Ramón Pérez de Ayala
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viernes, agosto 04, 2006

Knut Hamsun

Decididamente, no había para mí otro refugio que el bosque. ¡Si la tierra no estuviera tan húmeda! Acariciaba mi colcha, familiarizándome cada vez más con la idea de cubrirme con ella. Di tantas vueltas en busca de un albergue en la población, que estaba transido de fatiga. Era un verdadero goce abandonar la partida, retirarme del combate y de aquel callejeo sin una idea en la cabeza. Di una vuelta hasta el reloj de la Universidad, y al ver que eran más de las diez, emprendí el camino hacia las afueras. En lo alto de Haegde, me paré ante un almacén de comestibles, que estaban expuestos como muestra. Un gato dormía junto a un redondo pan blanco; detrás había un barreño con manteca de cerdo y algunos botes de sémola. Contemplé un rato aquellos alimentos; pero como no tenía con qué comprarlos, me volví y continué mi camino. Andaba muy despacio, caminé horas y horas y acabé por llegar al bosque de Bogstad.
Allí abandoné el camino y me senté a descansar. Recogí un poco de brezo y algunas ramas de enebro y me hice un lecho en una ladera casi seca. Abrí mi paquete y saqué la colcha. Fatigado, rendido por la larga caminata, me acosté inmediatamente, me agité y me revolví muchas veces antes de encontrar una buena postura. Mi oreja, herida por el trallazo del hombre de la carreta de heno, me dolía un poco, estaba ligeramente hinchada y no podía echarme sobre ella. Me quité los zapatos, los puse bajo mi cabeza, y encima de ellos el gran papel en que había envuelto la manta.
La oscuridad reinaba en torno a mí; todo estaba tranquilo, todo. Pero en las alturas zumbaba el eterno canto de la atmósfera, ese bordoneo lejano, sin modulaciones, que jamás se calla. Presté atención tanto tiempo a ese murmullo sin fin, a ese murmullo morboso, que comenzó a turbarme. Eran, sin duda, las sinfonías de los mundos girando en el espacio por encima de mí, las estrellas que entonaban un himno...

Fragmento de la novela Hambre, de Knut Hamsun, nacido el 4 de agosto de 1859.
El 4 de agosto de 1875 fallecía Hans Christian Andersen
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jueves, agosto 03, 2006

Joseph Conrad

Pensaba que su recuerdo era como los otros recuerdos de los muertos que se acumulan en la vida de cada hombre... una vaga huella en el cerebro de las sombras que han caído en él en su rápido tránsito final. Pero ante la alta y pesada puerta, entre las elevadas casas de una calle tan tranquila y decorosa como una avenida bien cuidada en un cementerio, tuve una visión de él en la camilla, abriendo la boca vorazmente como tratando de devorar toda la tierra y a toda su población con ella. Vivió entonces ante mí, vivió tanto como había vivido alguna vez... Una sombra insaciable de apariencia espléndida, de realidad terrible, una sombra más oscura que las sombras de la noche, envuelta notablemente en los pliegues de su brillante elocuencia. La visión pareció entrar en la casa conmigo: las parihuelas, los fantasmales camilleros, la multitud salvaje de obedientes adoradores, la oscuridad de la selva, el brillo de la lejanía entre los lóbregos recodos, el redoble de tambores, regular y apagado como el latido de un corazón... el corazón de las tinieblas vencedoras. Fue un momento de triunfo para la selva, una irrupción invasora y vengativa, que me pareció que debía guardar sólo para la salvación de otra alma. Y el recuerdo de lo que había oído decir allá lejos, con las figuras cornudas deslizándose a mis espaldas, ante el brillo de las fogatas, dentro de los bosques pacientes, aquellas frases rotas que llegaban hasta mí, volvieron a oírse en su fatal y terrible simplicidad.

Fragmento de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, fallecido el 3 de agosto de 1924.
El 3 de agosto de 1954 fallecía Sidonie Gabrielle Colette
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miércoles, agosto 02, 2006

Rómulo Gallegos

Palmeras, temiches, caratas, moriches... El viento les peina la cabellera india y el turupial les prende la flor del trino... Bosques. El árbol inmenso del tronco velludo de musgo, el tronco vestido de lianas floridas. Cabimas, carañas y tacamahacas de resinas balsámicas, cura para las heridas del aborigen y lumbre para su churuata.
La mora gigante del ramaje sombrío inclinado sobre el agua dormida del caño, el araguaney de la flor de oro, las rojas marías. El bosque tupido que trenza el bejuco...
Plantíos. Los conucos de los margariteños, las umbrosas haciendas de cacao, las jugosas tierras del bajo Orinoco enterneciendo con humedad de savias fecundas las manos del hombre del mar árido y la isla seca.
Ya se ven caseríos.
Pero allá viene el chubasco que nunca falta en aquella zona de bruscas condensaciones atmosféricas. Es un ceño amenazante el largo nubarrón por detrás del cual los rayos del sol, a través del aguacero en marcha, son como otra lluvia, de fuego. La brisa marina y los gozosos escarceos se detienen de pronto asustados ante aquello que avanza de tierra, se queda inmóvil el aire un instante, vibra de súbito como una plancha de acero golpeada, se acumulan tinieblas, se estremece el caño herido por los goterones de la lluvia recia y caliente y pasa el chubasco borrando el paisaje.

Fragmento de Canaíma, de Rómulo Gallegos, nacido en Caracas el 2 de agosto de 1884.
El 2 de agosto de 1942 nacía Isabel Allende

martes, agosto 01, 2006

Herman Melville

A bordo del Bellipotent, nuestro marinero mercante fue considerado de inmediato como un navegante hábil, y lo asignaron a la guardia de estribor, en la brigada de proa. Pronto estuvo como en su casa en este servicio, y cayeron bien su buen aspecto sin pretensiones y una especie de aire cordial de buen humor. No había hombre más alegre en la tripulación: en marcado contraste con ciertos otros individuos, que pertenecían, como él mismo, a la parte alistada de la tripulación del buque, pues esos hombres, cuando no estaban ocupados activamente, y a veces sobre todo en el segundo cuarto de guardia, cuando la cercanía del amanecer induce al ensueño, solían caer en una tristeza que tenía mucho de hosquedad. Pero no eran tan jóvenes como nuestro gaviero, y no pocos de ellos debían haber conocido otra clase de hogar; otros quizá habrían dejado, muy posiblemente, mujeres e hijos, en circunstancias inciertas, y casi todos tendrían casa y parentela, mientras que Billy, como pronto se verá, tenía su familia entera constituida en sí mismo.

Fragmento del relato Billy Budd, de Herman Melville, nacido en Nueva York el 1 de agosto de 1819.
El 1 de agosto de 1969 fallecía Miguel Labordeta
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