viernes, noviembre 17, 2006

Cuando digo París

Cuando digo París no estoy hablando de las fotos que duermen en los álbumes del sótano, aunque tras las persianas del recuerdo naveguen los colores de la noche como cristales que lentamente se van deshilachando sobre un cojín de nostalgia bordado con caricias y notas musicales.
Cuando digo París no hablo de pasos misteriosos y prófugos resonando a una orilla de la calle, ni de la sombra añil que deja una lágrima rodante, ni del labio-trasluz detenido en el tiempo por el furtivo impacto de unos besos cuyos ecos van rebotando y multiplicando su reflejo por todas las esquinas en penumbra.
(Sé que cuando tú dices París es la voz de una melodía no inventada, es el empedrado irregular y las riberas del Sena, es el amanecer en plena noche y la risa, la colosal estatura de los edificios, la insólita música de las piedras, la fuente helada de Versalles, la verificación de un sueño...)
Pero si yo digo París te estoy nombrando. Cuando digo París hablo de ti y de los puentes, sobre todo de ti y de los puentes y de una isla, y en esa isla unos pies parados en el infinito, allí parados y mirando eternamente hacia la mole indescriptible, hacia las torres que esperan, hacia la inmensa soledad de un reloj que nunca se detiene.

jueves, noviembre 16, 2006

José Saramago

La primera grieta apareció en una gran laja natural, lisa como la mesa de los vientos, en algún lugar de estos montes Alberes que, en el extremo oriental de la cordillera, van descendiendo acompasadamente hacia el mar y por donde vagan ahora los desventurados canes de Cerbère, alusión nada descabellada en tiempo y lugar, pues todas estas cosas, hasta cuando no lo parecen, están trabadas entre sí. Expulsado, como queda dicho, de la pitanza doméstica, y forzado en consecuencia por necesidad a recordar en la memoria inconsciente las mañas de sus antepasados cazadores para conseguir atrapar algún gazapo extraviado, uno de esos canes, de nombre Ardent, gracias al finísimo oído de que está dotada la especie, habrá sentido restallar la piedra y, no murmurando sólo porque no puede, se acercó a ella, dilatando las narices, erizado el pelo, con tanta curiosidad como miedo. La hendidura, sutil, recordaría al observador humano una raya hecha con la punta afilada de un lápiz, muy diferente de aquel otro trazo con un palo, en tierra dura, o en el polvo suelto y blando, o en el barro, si con tales devaneos perdiésemos nuestro tiempo. Sin embargo, mientras el perro se acercaba, la grieta se fue ensanchando, se hizo más profunda y avanzó, desgarrando la piedra, hasta los extremos de la laja, y después de allá para acá, cabría dentro la mano entera, el brazo también en grosor y largura, si hubiese aquí hombre con valor para medir tal fenómeno. El perro Ardent rondaba inquieto, pero no podía huir, atraído por aquella serpiente de la que ya no se veía ni cabeza ni cola y súbitamente perdido, sin saber de qué lado quedarse, si en Francia, donde estaba, si en España, distante ya tres cuartas.

Fragmento de La balsa de piedra, de José Saramago, nacido el 16 de noviembre de 1922.

miércoles, noviembre 15, 2006

J G Ballard

Sospechando que había algo más, Conrad recorría las calles, inspeccionando los relojes abandonados, en busca de una pista que lo llevase al verdadero secreto. La mayoría de las esferas habían sido mutiladas, y les habían arrancado las manecillas, los numerales, y el círculo de diminutos intervalos: sólo quedaba una sombra tenue de herrumbre. Distribuidos aparentemente al azar por toda la ciudad, sobre tiendas, bancos y edificios públicos, era difícil descubrir el verdadero propósito de estos mecanismos. Había una cosa clara: medían el paso del tiempo a través de doce intervalos arbitrarios; pero ése no parecía motivo suficiente para que hubiesen sido proscritos. Al fin y al cabo había en uso general una gran variedad de marcadores de tiempo: en cocinas, fábricas, hospitales, en los sitios donde había necesidad de medir un período determinado. El padre tenía uno junto a la cama. Encerrado en la cajita negra característica, y movido por unas pilas en miniatura, emitía un silbido agudo y penetrante poco antes del desayuno, y lo despertaba a uno si se había quedado dormido. Un reloj no era más que un marcador de tiempo graduado, en muchos sentidos menos útil, que ofrecía una corriente constante de información inoportuna. ¿Para qué servía que fuesen las tres y media, según el viejo cómputo, si uno no planeaba empezar o terminar nada a esa hora?

Fragmento de la narración Cronopolis, de James Graham Ballard, nacido el 15 de noviembre de 1930.
El 15 de noviembre de 1969 fallecía Ignacio Aldecoa
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martes, noviembre 07, 2006

Lawrence Durrell

Calles que vienen de las dársenas con su hacinamiento de casas destartaladas y decrépitas, que se echan a la cara el aliento, que zozobran. Persianas cerradas en los balcones bullentes de ratas y de viejas con el pelo lleno de sangre seca de garrapatas. Paredes desconchadas y borrachas que se inclinan al este y al oeste de su verdadero centro de gravedad. Cinta negra de las moscas que se anudan a los labios y a los ojos de los niños, húmedas perlas de las moscas estivales, invadiéndolo todo; bajo el peso de sus cuerpos caen los papeles matamoscas colgados en las puertas violetas de tiendas y cafés. Olor a sudor de los berberídeos, un olor como de alfombra de escalera en descomposición. Y los ruidos de la calle: grito agudo del aguatero que golpea sus recipientes de metal para anunciarse, chillidos inesperados dominando de vez en cuando el estrépito como si provinieran de algún animal pequeño y delicado al que arrancan las entrañas. Llagas como pantanos... la incubación de la miseria humana cobra tales proporciones que uno se queda estupefacto y todos los sentimientos humanos se desbordan y convierten en asco y terror.
Hubiera querido tener la audacia con que Justine se abría paso por esas calles hasta el café El Bab, donde yo la esperaba.

Fragmento de Justine, primera parte de la tetralogía El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell, fallecido el 7 de noviembre de 1990.
El 7 de noviembre de 1913 nacía Albert Camus
El 7 de noviembre de 1920 nacía Joan Perucho
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lunes, noviembre 06, 2006

Robert Musil

Una pequeña estación de ferrocarril del tramo que conduce a Rusia.
Entre los guijarros amarillos corrían, rectas e interminables, cuatro cintas de hierro paralelas en ambas direcciones. Junto a cada una de ellas, como una sucia sombra, la oscura raya del suelo quemado por las locomotoras.
Por detrás de los edificios bajos, pintados al óleo, de la estación, una ancha calle desgastada subía hasta la plataforma del ferrocarril. Sus aceras se perdían en el apisonado terreno que las bordeaban y sólo se las reconocía por dos hileras de acacias que, tristes, se levantaban a ambos lados, con sus agobiadas hojas ahogadas por el polvo y el hollín.
Las exhalaciones de la cansina luz de la tarde hacían que estos tristes colores fueran aún más pálidos, más débiles: los objetos y las personas tenían algo de indiferente, de inanimado, de mecánico, como si hubieran salido del escenario de un teatro de títeres. De cuando en cuando, a intervalos regulares, el jefe de la estación salía de su oficina, miraba con la misma inclinación de la cabeza las anchas vías hacia la casilla del guarda, que seguía sin anunciar la proximidad del tren rápido que en la frontera había sufrido un gran atraso, sacaba luego el reloj de bolsillo, siempre con el mismo movimiento del brazo, meneaba la cabeza y volvía a desaparecer, así como aparecen y desaparecen las figuras de esos antiguos relojes de campanario cuando dan las horas.

Fragmento de Las Tribulaciones del estudiante Torless, de Robert Musil, nacido en Klagenfurt el 6 de noviembre de 1880.
El 6 de noviembre de 1940 nacía Clara Janés
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