miércoles, noviembre 22, 2006

George Eliot

Aquel coloquio silencioso tal vez fuera más intenso porque subyaciente a él y atravesándolo se imponía el profundo deseo que realmente había motivado su regreso a Lowick. El deseo era ver a Will Ladislaw. No veía el bien que pudiera resultar de un encuentro: estaba impotente, con las manos atadas, por haber intentado compensarle por la injusticia que le había deparado el destino. Pero su alma ansiaba verle. ¿Cómo podía ser de otro modo? Si en los días en que existía el encantamiento, una princesa hubiera visto a un animal cuadrúpedo, de los que viven en rebaños, acudir a ella una y otra vez con una mirada humana de preferencia y súplica, ¿en qué pensaría durante sus viajes? ¿qué buscaría cuando los rebaños pasaran junto a ella? Sin duda aquella mirada que la había encontrado y que ella reconocería. La vida no sería más que oropel de noche o basura de día si el pasado no afectara a nuestro espíritu empujándolo hacia el brotar de anhelos y perseverancias. Era cierto que Dorothea quería conocer mejor a los Farebrother, y sobre todo hablar con el nuevo rector, pero también lo era que, recordando lo que Lydgate dijera acerca de Will Ladislaw y la menuda señorita Noble confiaba en que Will iría a Lowick a ver a la familia Farebrother. El primer domingo, antes siquiera de entrar a la iglesia, Dorothea le vio como le viera la última vez que estuvo allí, solo en el banco del vicario; pero cuando entró su figura había desaparecido.

Fragmento de la novela Middlemarch, de Mary Anne Evans (George Eliot), nacida el 22 de noviembre de 1819.
El 22 de noviembre de 1916 fallecía Jack London
El 22 de noviembre de 1869 nacía André Gide
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martes, noviembre 21, 2006

Heinrich von Kleist

Temblando, con el cabello erizado y las rodillas que parecían querer rompérsele, se deslizó Jerónimo por el declive del suelo del edificio, con el propósito de salir por el boquete que el choque de ambos edificios había abierto en la pared delantera de la prisión. Apenas estuvo a salvo cuando un segundo temblor hizo que toda la calle se desplomase por completo.
Transcurrió casi un cuarto de hora en que estuvo completamente sin conocimiento, hasta que despertó de nuevo y, con la espalda vuelta hacia la ciudad, medio se incorporó del suelo. Inconsciente, sin saber cómo podría salvarse de esta catástrofe, se apresuró a huir lejos de los cascotes y maderos, que por todos lados amenazaban con matarle, en busca de la puerta más cercana de la ciudad. Todavía aquí se derrumbó una casa, por lo que corrió, para evitar los escombros, hacia una calle cercana; más lejos, llamas refulgentes entre grandes humaredas lamían las cúpulas, haciéndole huir asustado hacia otra calle, pero he aquí que el Mapuche sale de cauce y le arrastra en sus hirvientes ondas hacia otra.
Aquí yace un montón de cadáveres, allá se oye una voz plañidera entre las ruinas, acá se oyen los gritos de la gente encaramada en los tejados ardiendo, allí hombres y animales luchan con las olas; ora un hombre de coraje se lanza a salvar a alguien, ora otro, pálido como la muerte, extiende mudo las manos trémulas al cielo.

Fragmento del relato El terremoto en Chile, de Heinrich von Kleist, fallecido el 21 de noviembre de 1811.
El 21 de noviembre de 1694 nacía Voltaire
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lunes, noviembre 20, 2006

Selma Lagerlof

El águila había dicho a Nils que la ancha faja de costa que se extendía ante sus ojos era Vesterbotten, y que las crestas de las montañas que azuleaban muy lejos, al Oeste, se encontraban en la Laponia.
El viaje a espaldas del águila era tan ligero que a veces le daba la impresión de estar inmóvil, sobre todo desde que el viento norte que soplara por la mañana había cambiado de dirección. Por el contrario, la tierra parecía retroceder hacia el sur. Los bosques, las casas, los prados, los cercados, las islas, los numerosos aserraderos de la costa, todo estaba en marcha. Se hubiera dicho que cansadas de la parte extrema del norte, se trasladaban hacia el sur.
Esta idea divertía a Nils. ¡Imagínense si este campo de trigo que parecía recién sembrado llegaba a la Escania, donde en esta época del año el centeno ha echado espigas!
¡Y aquel jardín que descubría en tal momento! Tenía hermosos árboles; pero no árboles frutales, ni nobles tilos, ni castaños; nada más que serbales y álamos. Había bonitos zarzales, pero no saúcos ni cítisos; sólo cerezos y lilas. Había una huerta, pero no estaba labrada ni sembrada. Si semejante jardincito apareciera al lado del jardín de un gran dominio de Sudermania, daría la impresión de un desierto.
Lo que constituía la gloria del país eran los sombríos y caudalosos ríos rodeados de valles habitados, llenos de maderas flotantes, con sus aserraderos, sus pueblos, sus desembocaduras rebosantes de embarcaciones.

Fragmento de la novela El maravilloso viaje de Nils Holgersson, de Selma Lagerlöf, nacida el 20 de noviembre de 1858.
El 20 de noviembre de 1.923 nacía Nadine Gordimer
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domingo, noviembre 19, 2006

Bruno Schulz

El viaje fue largo. Sólo había dos o tres pasajeros en esa línea secundaria, casi olvidada, que es recorrida por un único tren semanal. Nunca había visto yo nada parecido a esos arcaicos vagones, grandes como salones, sombríos y llenos de recovecos. En otras líneas ya hace mucho tiempo que fueron retirados de la circulación. Esos pasillos oblicuos y angulosos, esos compartimientos embrollados, vacíos y fríos, causaban una impresión más bien espantosa por su extraño abandono. Fui de un vagón a otro buscando un rincón confortable. El viento se colaba por todas partes; las corrientes de aire atravesaban el tren de punta a punta. Aquí y allá algunas personas estaban sentadas en el piso con sus petates, sin atreverse a ocupar los bancos, demasiado altos. Por otra parte, esos asientos gibosos, recubiertos de hule, estaban helados y su antigüedad los volvía viscosos. El tren atravesaba pequeñas estaciones desiertas, en las que no subía ningún nuevo pasajero. Proseguía su ruta sin ruido, sin pitadas, suavemente, como arrastrado por un sueño.
Durante un rato tuve la compañía de un hombre que vestía un deshilachado uniforme de ferroviario. Silencioso, enfrascado en sus pensamientos, apretaba un pañuelo contra su rostro inflado y doloroso. De pronto desapareció sin que yo lo advirtiera, en una parada del tren. De él no quedó más rastro que la paja hundida allí donde había estado sentado, y una pobre valija que dejó abandonada.

Fragmento del relato El sanatorio del sepulturero, de Bruno Schulz, fallecido el 19 de noviembre de 1942.
El 19 de noviembre de 1900 nacía Anna Seghers
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sábado, noviembre 18, 2006

Margaret Atwood

En la sala había reminiscencias de sexo y soledad y expectativa, la expectativa de algo sin forma ni nombre. Recuerdo aquella sensación, el anhelo de algo que siempre estaba a punto de ocurrir y que nunca era lo mismo, como no eran las mismas las manos que sin perder el tiempo nos acariciaban la región lumbar, o se escurrían entre nuestras ropas cuando nos agazapábamos en el aparcamiento o en la sala de la televisión con el aparato enmudecido y las imágenes parpadeando sobre nuestra carne exaltada.
Suspirábamos por el futuro. ¿De dónde sacábamos aquel talento para la insaciabilidad? Flotaba en el aire; y aún se respiraba, como una idea tardía, cuando intentábamos dormir en los catres del ejército dispuestos en fila y separados entre sí para que no pudiéramos hablar. Teníamos sábanas de franela de algodón, como las que usan los niños, y mantas del ejército, tan viejas que aún llevaban las iniciales U.S. Doblábamos nuestra ropa con mucha prolijidad y la dejábamos sobre el taburete, a los pies de la cama. Enseguida bajaban las luces pero nunca las apagaban. Tía Sara y Tía Elizabeth hacían la ronda; en sus cinturones de cuero llevaban colgando aguijones eléctricos como los que usaban para el ganado.
Sin embargo, no llevaban armas; ni siquiera a ellas se las habrían confiado. Su uso estaba reservado a los Guardianes, que eran especialmente escogidos entre los Ángeles. No se permitía la presencia de Guardianes dentro del edificio, excepto cuando se los llamaba; y a nosotras no nos dejaban salir, salvo para dar nuestros paseos, dos veces al día y de dos en dos, alrededor del campo de fútbol que ahora estaba cercado con una valla de cadenas, rematada con alambre de púas.

Fragmento de la novela El cuento de la criada, de Margaret Atwood, nacida el 18 de Noviembre de 1939.
El 18 de noviembre de 1922 fallecía Marcel Proust

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