jueves, noviembre 23, 2006

Roald Dahl

En el año 1946 el invierno fue muy largo. Aunque estábamos en el mes de abril, un viento helado soplaba por las calles de la ciudad. En el cielo, las nubes cargadas de nieve se movían amenazadoras.Un hombre llamado Drioli se mezclaba entre la gente del paseo de la rué de Rivoli. Tenía mucho frío, embutido como un erizo en un abrigo negro, saliéndole sólo los ojos por encima del cuello subido.Se abrió la puerta de un restaurante y el característico olor de pollo asado le produjo una dolorosa punzada en el estómago. Continuó andando, mirando sin interés las cosas de los escaparates: perfumes, corbatas de seda, camisas, diamantes, porcelanas, muebles antiguos y libros ricamente encuadernados. Después vio una galería de pintura. Siempre le gustaron las galerías de pintura. Esta tenía un solo lienzo en el escaparate. Se detuvo a mirarlo y se volvió para seguir adelante, pero tornó a pararse y miró de nuevo. De repente se apoderó de él un pequeño desasosiego, un movimiento en su recuerdo, un conjunto de algo que había visto antes en alguna parte. Miró otra vez; era un paisaje, un grupo de árboles tremendamente inclinados hacia una parte, como azotados por el viento, el cielo gris oscuro, de tormenta. En el marco había una pequeña placa que decía: Chaim Soutine (1894-1943).

Fragmento del relato Tatuaje, de Roald Dahl, fallecido el 23 de noviembre de 1990.
El 23 de octubre de 1920 nacía Paul Celan
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miércoles, noviembre 22, 2006

George Eliot

Aquel coloquio silencioso tal vez fuera más intenso porque subyaciente a él y atravesándolo se imponía el profundo deseo que realmente había motivado su regreso a Lowick. El deseo era ver a Will Ladislaw. No veía el bien que pudiera resultar de un encuentro: estaba impotente, con las manos atadas, por haber intentado compensarle por la injusticia que le había deparado el destino. Pero su alma ansiaba verle. ¿Cómo podía ser de otro modo? Si en los días en que existía el encantamiento, una princesa hubiera visto a un animal cuadrúpedo, de los que viven en rebaños, acudir a ella una y otra vez con una mirada humana de preferencia y súplica, ¿en qué pensaría durante sus viajes? ¿qué buscaría cuando los rebaños pasaran junto a ella? Sin duda aquella mirada que la había encontrado y que ella reconocería. La vida no sería más que oropel de noche o basura de día si el pasado no afectara a nuestro espíritu empujándolo hacia el brotar de anhelos y perseverancias. Era cierto que Dorothea quería conocer mejor a los Farebrother, y sobre todo hablar con el nuevo rector, pero también lo era que, recordando lo que Lydgate dijera acerca de Will Ladislaw y la menuda señorita Noble confiaba en que Will iría a Lowick a ver a la familia Farebrother. El primer domingo, antes siquiera de entrar a la iglesia, Dorothea le vio como le viera la última vez que estuvo allí, solo en el banco del vicario; pero cuando entró su figura había desaparecido.

Fragmento de la novela Middlemarch, de Mary Anne Evans (George Eliot), nacida el 22 de noviembre de 1819.
El 22 de noviembre de 1916 fallecía Jack London
El 22 de noviembre de 1869 nacía André Gide
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martes, noviembre 21, 2006

Heinrich von Kleist

Temblando, con el cabello erizado y las rodillas que parecían querer rompérsele, se deslizó Jerónimo por el declive del suelo del edificio, con el propósito de salir por el boquete que el choque de ambos edificios había abierto en la pared delantera de la prisión. Apenas estuvo a salvo cuando un segundo temblor hizo que toda la calle se desplomase por completo.
Transcurrió casi un cuarto de hora en que estuvo completamente sin conocimiento, hasta que despertó de nuevo y, con la espalda vuelta hacia la ciudad, medio se incorporó del suelo. Inconsciente, sin saber cómo podría salvarse de esta catástrofe, se apresuró a huir lejos de los cascotes y maderos, que por todos lados amenazaban con matarle, en busca de la puerta más cercana de la ciudad. Todavía aquí se derrumbó una casa, por lo que corrió, para evitar los escombros, hacia una calle cercana; más lejos, llamas refulgentes entre grandes humaredas lamían las cúpulas, haciéndole huir asustado hacia otra calle, pero he aquí que el Mapuche sale de cauce y le arrastra en sus hirvientes ondas hacia otra.
Aquí yace un montón de cadáveres, allá se oye una voz plañidera entre las ruinas, acá se oyen los gritos de la gente encaramada en los tejados ardiendo, allí hombres y animales luchan con las olas; ora un hombre de coraje se lanza a salvar a alguien, ora otro, pálido como la muerte, extiende mudo las manos trémulas al cielo.

Fragmento del relato El terremoto en Chile, de Heinrich von Kleist, fallecido el 21 de noviembre de 1811.
El 21 de noviembre de 1694 nacía Voltaire
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lunes, noviembre 20, 2006

Selma Lagerlof

El águila había dicho a Nils que la ancha faja de costa que se extendía ante sus ojos era Vesterbotten, y que las crestas de las montañas que azuleaban muy lejos, al Oeste, se encontraban en la Laponia.
El viaje a espaldas del águila era tan ligero que a veces le daba la impresión de estar inmóvil, sobre todo desde que el viento norte que soplara por la mañana había cambiado de dirección. Por el contrario, la tierra parecía retroceder hacia el sur. Los bosques, las casas, los prados, los cercados, las islas, los numerosos aserraderos de la costa, todo estaba en marcha. Se hubiera dicho que cansadas de la parte extrema del norte, se trasladaban hacia el sur.
Esta idea divertía a Nils. ¡Imagínense si este campo de trigo que parecía recién sembrado llegaba a la Escania, donde en esta época del año el centeno ha echado espigas!
¡Y aquel jardín que descubría en tal momento! Tenía hermosos árboles; pero no árboles frutales, ni nobles tilos, ni castaños; nada más que serbales y álamos. Había bonitos zarzales, pero no saúcos ni cítisos; sólo cerezos y lilas. Había una huerta, pero no estaba labrada ni sembrada. Si semejante jardincito apareciera al lado del jardín de un gran dominio de Sudermania, daría la impresión de un desierto.
Lo que constituía la gloria del país eran los sombríos y caudalosos ríos rodeados de valles habitados, llenos de maderas flotantes, con sus aserraderos, sus pueblos, sus desembocaduras rebosantes de embarcaciones.

Fragmento de la novela El maravilloso viaje de Nils Holgersson, de Selma Lagerlöf, nacida el 20 de noviembre de 1858.
El 20 de noviembre de 1.923 nacía Nadine Gordimer
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domingo, noviembre 19, 2006

Bruno Schulz

El viaje fue largo. Sólo había dos o tres pasajeros en esa línea secundaria, casi olvidada, que es recorrida por un único tren semanal. Nunca había visto yo nada parecido a esos arcaicos vagones, grandes como salones, sombríos y llenos de recovecos. En otras líneas ya hace mucho tiempo que fueron retirados de la circulación. Esos pasillos oblicuos y angulosos, esos compartimientos embrollados, vacíos y fríos, causaban una impresión más bien espantosa por su extraño abandono. Fui de un vagón a otro buscando un rincón confortable. El viento se colaba por todas partes; las corrientes de aire atravesaban el tren de punta a punta. Aquí y allá algunas personas estaban sentadas en el piso con sus petates, sin atreverse a ocupar los bancos, demasiado altos. Por otra parte, esos asientos gibosos, recubiertos de hule, estaban helados y su antigüedad los volvía viscosos. El tren atravesaba pequeñas estaciones desiertas, en las que no subía ningún nuevo pasajero. Proseguía su ruta sin ruido, sin pitadas, suavemente, como arrastrado por un sueño.
Durante un rato tuve la compañía de un hombre que vestía un deshilachado uniforme de ferroviario. Silencioso, enfrascado en sus pensamientos, apretaba un pañuelo contra su rostro inflado y doloroso. De pronto desapareció sin que yo lo advirtiera, en una parada del tren. De él no quedó más rastro que la paja hundida allí donde había estado sentado, y una pobre valija que dejó abandonada.

Fragmento del relato El sanatorio del sepulturero, de Bruno Schulz, fallecido el 19 de noviembre de 1942.
El 19 de noviembre de 1900 nacía Anna Seghers
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