miércoles, enero 31, 2007

Kenzaburo Oe

La noche en que el hombre gordo se quedó dormido acurrucado en su cama de matrimonio, lloriqueando, su madre, en su pueblo natal, se decidió a emprender la batalla decisiva contra su gordo hijo. Así pues, bien mirado, el hombre gordo no tenía ninguna razón para acongojarse, pues la causa de su pena era que pensaba que su madre no le había hecho ni caso. Cuando era niño, cada vez que interrogaba a su madre sobre la vida de confinamiento y la repentina muerte de su padre, ella, para no responderle, se hacía la loca. Y un día, por fin, el hombre gordo fingió volverse loco antes de que lo hiciera su madre, y, tras destrozar todo cuanto encontró a su alrededor, se tiró de cabeza desde el muro que había al fondo del jardín a un talud donde crecían unas frondosas matas de helechos. Pero ni siquiera así consiguió que su madre le respondiera, aunque saboreó una inútil sensación de gloria. Ello contribuyó simplemente a crear una relación de permanente tensión entre el hombre gordo y su madre durante veinte años, en el curso de los cuales ambos reconocían en secreto que resultaba victorioso en sus enfrentamientos el primero de los dos que decidía hacerse el loco. Era una tensión comparable a la de los pistoleros de las películas del oeste cuando avanzan el uno hacia el otro con la mano a la altura de la funda del revólver. Pero aquella noche, finalmente, las cosas empezaron a cambiar. Decidida a reanudar la lucha dándose un nuevo planteamiento, la madre del hombre gordo, tras redactar inmediatamente después de colgar el teléfono el texto de una circular, lo llevó a la imprenta del pueblo vecino a la mañana siguiente, y cuando estuvo impresa envió un ejemplar por correo urgente y certificado a los hermanos y hermanas del hombre gordo, a sus cuñados y cuñadas y a todos sus parientes. En la circular dirigida a la esposa del hombre gordo se indicaba que era "confidencial", aunque, a causa de su contenido, tuvo que mostrársela a su marido. Decía así:
Nuestro Reyezuelo se ha vuelto loco, pero su locura no ha sido heredada, lo cual le comunico para su conocimiento. Es consecuencia de una sífilis que contrajo en el extranjero, por lo que, para evitar un posible contagio, le ruego que rompa toda relación con él.


Fragmento de la narración Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura, de Kenzaburo Oe, nacido el 31 de enero de 1935.
El 31 de enero de 1820 nacía Concepción Arenal

lunes, enero 29, 2007

Romain Rolland

Tranquilos ojos melancólicos. Un hombrecito débil, delgado de rostro, de orejas grandes y separadas. Tocado con blanco gorro, vestido con rústica tela blanca, lleva los pies desnudos. Se alimenta de arroz y frutas, no bebe más que agua, se acuesta sobre el suelo, duerme poco, trabaja sin cesar. Su cuerpo parece no contar. Al principio nada sorprende en él más que una expresión de gran paciencia y grande amor. Pearson, que lo viera en 1913, en Sudáfrica, piensa en San Francisco de Asís. Es simple como un niño, dulce y cortés hasta con sus adversarios, de una inmaculada sinceridad. Se juzga con modestia, y es escrupuloso al punto de dar la impresión de que titubeara a cada paso, como para decir: “Me equivoco”; jamás oculta sus errores, jamás contrae compromisos, carece de toda diplomacia, huye del efecto de la oratoria, o mejor sería decir que no piensa en él; aborrece las manifestaciones populares que su persona desencadena, y en las que su magro físico correría peligro de verse aplastado en ocasiones, de no ser por su amigo Maulana Shaukat Alí, que lo protege con su cuerpo atlético; literalmente enfermo de la multitud que lo adora; en el fondo no es más que su desconfianza del número y su aversión a la Mobocracy, al populacho voluble; no se siente a gusto más que entre la minoría, feliz más que en la soledad, escuchando la still small voice (la queda vocecita) que manda.
He aquí al hombre que ha sublevado a trescientos millones de hombres, quebrantado al Imperio Británico, e inaugurado en la política humana el movimiento más poderoso desde hace más de dos mil años.

Fragmento de Gandhi, de Romain Rolland, nacido en Clamecy (Nievre) el 29 de enero de 1866.
El 29 de enero de 1860 nacía Antón Chejov
El 29 de enero de 1867 nacía Vicente Blasco Ibáñez
El 29 de enero de 1938 fallecía Armando Palacio Valdés
El 29 de enero de 1997 fallecía Osvaldo Soriano

domingo, enero 28, 2007

José Martí

Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el cielo, que van por el aire dormido engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar. Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo a la cabeza, sino con las armas de almohada, como los varones de Juan de Castellanos: las armas del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra.
No hay proa que taje una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para, como la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados. Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos. Los que se enseñan los puños, como hermanos celosos, que quieren los dos la misma tierra, o el de casa chica, que le tiene envidia al de casa mejor, han de encajar, de modo que sean una, las dos manos. Los que, al amparo de una tradición criminal, cercenaron, con el sable tinto en la sangre de sus mismas venas, la tierra del hermano vencido, del hermano castigado más allá de sus culpas, si no quieren que les llame el pueblo ladrones, devuélvanle sus tierras al hermano. Las deudas del honor no las cobra el honrado en dinero, a tanto por la bofetada. Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades; ¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes.

Fragmento de Nuestra América, de José Martí, nacido en La Habana el 28 de enero de 1853.
El 28 de enero de 1928 fallecía Vicente Blasco Ibáñez
El 28 de enero de 1972 fallecía Dino Buzzati

sábado, enero 27, 2007

Giovanni Verga

Después de la cena, el cotidiano paseo. La noche era bellísima; pero, sin saber por qué, yo no estaba tan alegre, tan contenta como notaba a los demás, y como solía estarlo otras veces. Me complacía en escuchar el leve ruido de las hojas que caían, el rumor de los árboles, el canto lejano del búho; me internaba en la espesura, bizarra, afrontando el temor causado por las sombras, gustaba estar sola aparte, pues de rato en rato velábanse mis ojos de lágrimas.
¿Qué misterio existe en nuestras almas, Mariana? Debería haber estado alegre aquel día, en que todos lo estaban. No sabía explicarme a mí misma esta extravagancia. Tendré quizá el genio poco equilibrado, al que convenga más la quietud del claustro y que aquí se halla fuera de su quicio, agitado, inquieto y tal vez algo alocado.
Adiós. Te escribiré cuanto antes. Esta carta es breve, hasta seca, cuando debiera escribirte una larga, muy larga, en que te narrara cien cosas más: todas las tonterías que se me vinieran a la mente, todo lo que no pudiera charlar contigo de viva voz. Pero, ¿qué quieres? Hoy fáltanme alientos. Me siento fatigada, sin ganas, no tengo las ideas claras. Hasta mañana, pues.

Fragmento de Historia de una capinera, de Giovanni Verga, fallecido el 27 de enero de 1922.

viernes, enero 26, 2007

Gérard de Nerval

El Puente Nuevo, acabado de edificar en tiempos de Enrique IV, es el monumento principal de su reinado. Nada comparable al entusiasmo que produjo su vista cuando, después de grandes trabajos y una vez terminado, atravesó totalmente el Sena con sus doce arcos y unió más estrechamente las tres antiguas ciudades a la capital.
Pronto también se convirtió en lugar de reunión de todos —infinitos en número— los parisienses desocupados y, por consiguiente, de todos los prestidigitadores, vendedores de ungüentos y carteristas, cuyas habilidades ponen en acción a la muchedumbre como al molino el salto del agua.
Cuando Eustaquio salió del triángulo de la plaza de la Delfina el sol dejaba caer sus rayos como dardos fulminantes sobre el puente, muy concurrido entonces; y es que los paseos más frecuentados de París son por lo común los de aceras empedradas adornados con escaparates y ensombrecidos por las casas y murallones.
A duras penas iba Eustaquio penetrando por aquel río humano que cruzaba el otro río y discurría con lentitud de un extremo a otro del puente, deteniéndose ante el menor obstáculo, como los helados témpanos que el agua arrastra, dando vueltas y más vueltas para arremolinarse en torno de algunos escamoteadores, cantantes o vendedores que pregonaban sus géneros. Muchos deteníanse a lo largo de los pretiles para contemplar las almadías navegadoras bajo los ojos del puente, o el deslizarse de las lanchas, o el magnífico panorama que río abajo ofrecía el Sena, costeando la larga hilera de edificios del Louvre a la derecha y a la izquierda el Pré-aux-Clercs, surcado por hermosas avenidas de tilos y rodeado por sauces grises desmelenados o sauces llorones verdeantes sobre el agua; más allá, una en cada orilla, erguíanse la Torre de Nesle y la del Bosque, que parecían estar de centinelas en las puertas de París como los gigantes de las novelas antiguas.

Fragmento de La mano encantada, de Gérard de Nerval, fallecido el 26 de enero de 1855.
El 26 de enero 1926 nacía José María Valverde
Comentarios

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...