viernes, marzo 09, 2007

Sacher-Masoch

Sumido en su mutismo, el fuego crepitaba en el hogar, cantaba el grande y venerable samovar, crujía la butaca ancestral en que yo me balanceaba fumando, cantaba el grillo en los viejos muros y yo dejaba caer mis miradas en el extraño mobiliario: esqueletos de animales, pájaros disecados, escayolas y vaciados amontonados en su despacho, cuando de repente atrajo mi vista un cuadro que había visto con frecuencia, pero que precisamente hoy me produjo un efecto indecible a la luz rojiza del fuego de la chimenea.
Era una pintura al óleo, tratada con la habilidad y potencia de colorido de la escuela belga. Su asunto era muy curioso.
Una hermosa mujer con una risa radiante que le alumbraba el rostro, de opulenta cabellera trenzada en nudos antiguos, en la cual el polvo blanco aparecía como una escarcha ligera, descansaba la cabeza sobre el brazo izquierdo, desnuda entre una oscura pelliza. Su mano derecha jugaba con una fusta, y su pie, desnudo, reposaba descuidado sobre un hombre, tendido ante ella como un esclavo o un perro; y este hombre, de rasgos acentuados, pero de buen dibujo, en los que se leía una profunda tristeza y una devoción apasionada, alzaba hacia ella los ojos de un mártir, exaltado y ardiente. El hombre, taburete vivo bajo los pies de la mujer, no era otro que Severino, pero sin barba, con lo que parecía tener diez años menos.


Fragmento de La Venus de las pieles, de Leopold von Sacher-Masoch, fallecido el 9 de marzo de 1895.
El 9 de marzo de 2006 en Al_Andar...
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