domingo, marzo 18, 2007

Sergio Pitol

En una ocasión, pasamos una mañana, que recuerdo como una de las más portentosas de mi vida, en casa de Víktor Sklovski, donde él, con sus más de ochenta años, nos habló apasionadamente del libro que escribía en esos días, La energía del error, "el que más me ha interesado escribir, y más placer me ha dado", nos dijo, y luego nos habló largamente de la mañana del día en que murió Tolstoi, cuando él era estudiante en Petersburgo. Se había dado órdenes a la prensa de no publicar nada, ni una sola línea, de esa muerte en los periódicos. Sklovski salió del portal de su casa y de pronto vio desaparecer a la gente, los negocios se cerraron en cosa de segundos, los coches de caballos se detuvieron. Hubo un silencio majestuoso, sagrado, como si el mundo hubiera muerto, como si el globo terrestre se hubiera detenido en su camino, y luego, de repente, por todas partes apareció una multitud desolada que lloraba, enferma de dolor, huérfana porque su Padre la había abandonado. Las iglesias habían cerrado las puertas para que nadie entrara en ellas; a Tolstoi lo habían excomulgado muchos años atrás. Pero la multitud las rodeaba, las ahogaba, las convertía en algo trivial ante el roble que había caído, la tierra había muerto, y Rusia lloraba. La visita a Sklovski es uno de los momentos más intensos, más líricos, más emocionantes que pueda recordar. Mucho tiempo después, en dos ocasiones, al hablar de Tolstoi ante mis alumnos, empecé a repetir las palabras de Sklovski, pero no pude terminarlas. Se me nublaron los ojos, se me rompió la voz y tuve que sacar el pañuelo y fingir que me sonaba, carraspear, echándole la culpa a un resfrío, a una alergia, porque me parecía grotesco anunciarles que había muerto el escritor ruso y ponerme a llorar.

Fragmento de El viaje, de Sergio Pitol, nacido el 18 de marzo de 1933.
El 18 de marzo de 1842 nacía Stéphane Mallarmé
El 18 de marzo de 1911 nacía Gabriel Celaya

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