lunes, noviembre 27, 2006

Jorge Ibargüengoitia

En Cuévano hay algo que produce en el observador la sensación de que lo que está viendo no es acontecimiento único, sino acto ritual que se ha repetido todos los días a la misma hora desde tiempo inmemorial y se seguirá repitiendo hasta la consumación de los siglos. A las nueve y media de la mañana, por ejemplo, junto a la puerta del "Ventarrón" habrá siempre un borracho dormido, en la entrada del mercado, la que vende los quesos espantará las moscas con un hilacho, en las escaleras del Banco de Cuévano, el gerente platicará con el millonario Bermejas, en las de la parroquia el señor cura tendrá coloquio con una beata con barbas apodada el Archimandrita de Pénjamo. Por Campomanes irá bajando Sebastián Montaña, rector de la Universidad, que se dirige a la Flor de Cuévano a tomar el primer café exprés del día. Carlitos Mendieta, el pintor más famoso de la ciudad, estará sentado en una banca del Jardín de la Constitución, dejando que un bolero le lustre los zapatos; a su lado estará el historiador Isidro Malagón, leyendo un periódico de Pedrones, El Sol de Abajo. En un balcón de la calle de la Torcaza estará reclinado Ricardo Pórtico con una bata de seda con lamparones de grasa; por el paseo de los Tepozanes, cuesta arriba, caminando por hacer ejercicio, va el agiotista Madroño, quien, según las malas lenguas, lleva aparato cuenta pasos en el bolsillo; más arriba, una de las hermanas Begonia regará el limonero con el chorrito de la manguera. De pronto, el taxi girará a la derecha, saldrá de la avenida, pasará bajo el arco triunfal que dice "Bienvenidos al Gran Hotel Padilla", y se detendrá frente a la marquesina de la entrada, en donde siempre habrá tres mozos de librea jugando fútbol.

Fragmento de la novela Estas ruinas que ves, de Jorge Ibargüengoitia, fallecido el 27 de noviembre de 1983.
El 27 de noviembre de 1865 nacía José Asunción Silva
El 27 de noviembre de 1998 fallecía Gloria Fuertes
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