viernes, noviembre 03, 2006

León Bloy

¡Oh, delicioso, inapreciable refugio! Sobrenatural refresco para un corazón retorcido de angustia y asco. El desprecio universal, absoluto, hacia los hombres y las cosas. Llegado ahí, ya no se sufre más o, al menos, se tiene la esperanza de no sufrir más. Se deja de leer los periódicos, se deja de escuchar los clamores de la ciénaga, no se quiere ya saber nada ni desear otra cosa que la muerte. Es el estado de un alma adolorada que conoce a Dios y que sabe que no existe nada en la tierra donde pueda apoyarse en nuestros espantosos días.
¿Es necesario para ello haberse convertido en un anciano? No estoy seguro, pero es muy probable. El mal es enorme, piensan los hombres que no han superado los sesenta años, pero sin embargo hay eso o aquello y el remedio no es imposible. Nadie se persuade de que todo está en la red del mal cazador y que sólo un ángel de Dios o un hombre lleno de milagros puede liberarnos.

La Fe está tan muerta que nos preguntamos sí ha existido jamás, y lo que hoy lleva su nombre es tan estúpido o hediondo que el sepulcro parece preferible.


Fragmento de En las tinieblas, de León Bloy, fallecido el 3 de noviembre de 1917.
El 3 de noviembre de 1901 nacía André Malraux
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