
Se dice que hay un Dios para los borrachos y los enamorados; ese Dios velaba, sin duda, sobre Hoffmann. Le hizo evitar las patrullas; le hizo encontrar los muelles, luego los puentes, luego su posada, a la que se retiró, para gran escándalo de su posadera, a la una y media de la mañana.
Mientras tanto, en medio de todo esto, una pequeña claridad dorada bailaba en el fondo de la imaginación de Hoffmann, como un fuego fatuo en medio de la noche. El médico, si es que aquel médico existía y no era producto de su imaginación, una alucinación de su espíritu, el médico le había dicho que Arsène había sido apartada del teatro por su amante, dado que ese amante había sentido celos de un joven del patio de butacas, con el que Arsène había intercambiado miradas demasiado tiernas.
Fragmento de La mujer del collar de terciopelo, de Alejandro Dumas, fallecido el 5 de diciembre de 1870.
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