martes, diciembre 05, 2006

Alejandro Dumas

La noche anterior su paso era el de un hombre que ha visto pasar la Esperanza y corre tras ella, sin pensar que Dios le ha dado sus largas alas de azur para que los hombres no la alcancen jamás. Tenía la boca abierta y jadeante, la frente alta, los brazos extendidos; esta vez caminaba por el contrario lentamente, como el hombre que después de haberla perseguido en vano acaba de perderla de vista; su boca estaba firmemente cerrada, su frente abatida, sus brazos colgantes. La otra vez había tardado cinco minutos apenas para ir de la puerta Saint-Martin a la calle Montmartre; en esta ocasión tardó más de una hora, y otra hora más para ir de la calle Montmartre a su posada; porque en la especie de abatimiento en que había caído, poco le importaba regresar tarde o temprano, poco le importaba incluso no regresar.
Se dice que hay un Dios para los borrachos y los enamorados; ese Dios velaba, sin duda, sobre Hoffmann. Le hizo evitar las patrullas; le hizo encontrar los muelles, luego los puentes, luego su posada, a la que se retiró, para gran escándalo de su posadera, a la una y media de la mañana.

Mientras tanto, en medio de todo esto, una pequeña claridad dorada bailaba en el fondo de la imaginación de Hoffmann, como un fuego fatuo en medio de la noche. El médico, si es que aquel médico existía y no era producto de su imaginación, una alucinación de su espíritu, el médico le había dicho que Arsène había sido apartada del teatro por su amante, dado que ese amante había sentido celos de un joven del patio de butacas, con el que Arsène había intercambiado miradas demasiado tiernas.


Fragmento de La mujer del collar de terciopelo, de Alejandro Dumas, fallecido el 5 de diciembre de 1870.
Ya en la red el número de noviembre de Revista Almiar
y el 154 de Letralia
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