viernes, diciembre 08, 2006

Thomas de Quincey

En efecto, la marcha fue forzada y durísima, en esto no se equivocaban las previsiones, pero lo demás que se prometía no fue sino un fantasma del desierto, la engañosa visión de un arco iris que, durante siete meses de aflicciones y desastres, huyó sin detenerse un instante ante los ojos enfermos de esperanza a través de soledades interminables. Por su propia naturaleza, así como por las circunstancias en que ocurrieron, estos tormentos fueron algo monótonos de colorido y forma, al igual que el paisaje de las estepas; su variedad podrá apreciarse si se trazan históricamente las sucesivas etapas del dolor de los fugitivos y se describen con exactitud tal como se fueron desarrollando bajo la doble acción, siempre en aumento, de la debilidad interna y de la presión hostil del exterior. Vistos así, en el mismo orden en que acaecieron, es curioso advertir que los sufrimientos de los tártaros, aunque modelados por manos del azar, se organizan con disposición casi escénica. Se diría que los ha combinado el talento de un artista; la intensidad de la congoja crece a medida que adelanta la marcha y las fases del desastre corresponden a las etapas del camino, de modo que al levantarse el telón que encubre la gran catástrofe distinguimos un vasto clímax de angustia, que se eleva en gradaciones regulares, como si estuviera construido por artificio para lograr un efecto pintoresco, efecto que no sería sorprendente si lo previsible fuese una velocidad pareja, o un aumento de la velocidad durante las últimas etapas de la huida.

Fragmento de La rebelión de los Tártaros, de Thomas de Quincey, fallecido el 8 de diciembre de 1859.
El 8 de diciembre de 1925 nacía Carmen Martín Gaite
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