jueves, diciembre 21, 2006

Francis Scott Fitzgerald

El sueño había terminado. Algo le había sido arrebatado. Con algo parecido al pánico se apretó los ojos con las manos e intentó rescatar una imagen de las aguas que lamían Sherry Island, y la terraza a la luz de la luna, y los trajes de algodón en los campos de golf, y el sol árido y el color dorado de la delicada nuca de Judy. Y los labios de Judy húmedos de sus besos, y sus ojos doloridos de melancolía, y su frescor, por la mañana, como de sábanas de lino finas y nuevas. ¡Todo aquello ya no formaba parte del mundo! Había existido y ya no existía.
Por primera vez en muchos años se le saltaban las lágrimas. Pero ahora lloraba por él. No le importaban los labios, los ojos, las manos que acarician. Quería que le importaran, pero no le importaban. Porque se había ido de aquel mundo, y no podría volver jamás. Las puertas se habían cerrado, el sol se había puesto, y la única belleza que quedaba era la belleza gris del acero que resiste al tiempo. Incluso el dolor que podía haber sentido había quedado atrás, en el país de las ilusiones, de la juventud, de la plenitud de la vida, donde habían florecido sus sueños de invierno.

Fragmento de la narración Sueños de invierno, de Francis Scott Fitzgerald, fallecido el 21 de diciembre de 1940.
El 21 de diciembre de 1917 nacía Heinrich Böll
El 21 de diciembre de 1958 fallecía Lion Feuchtwanger

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