viernes, diciembre 29, 2006

Rilke

Como una lejana música de batalla, una orquesta de moscardones bordoneaba en las ventanas, acompañando el claro vaivén de ese gayo lanzador de dardos; el ligero susurro penetraba en el semisueño de la buena tía, y las frescas ondas de un reflejo de primavera borraban poco a poco las arrugas con rasgos sonrientes.
Parecía verdaderamente joven en el momento en que se erguía asaz enérgicamente en sus almohadas, y miraba a su alrededor en la habitación. Todas las cosas tenían no se sabía qué de brillante, de nuevo, y se regocijaba con ello. Un delicado perfume de jacintos se elevaba de las flores, que guarnecían la ventana y se mezclaba a un relente de lavanda que subía de sus almohadas. La vieja señorita echó una mirada rápida a la imagen de la virgen cuyas sombras tenían en pleno día reflejos verdes. Sus manos magras y duras describieron una rápida señal de la cruz e, inmediatamente después, regañó al canario dormido cuya jaula estaba suspendida sobre la ventana y que a pesar de la hermosa mañana no se decidía a cantar. Regresando de la ventana, su mirada se quedó pegada al canapé. Allí había, alineados cuidadosamente, un sombrero negro, con un ancho velo de crespón que caía a lo largo del respaldo como un torrente nocturno, un par de guantes negros, cada uno de su lado, como separados por alguna irremediable enemistad, un antiguo libro de plegarias más negro aún, y, más lejos, dos pañuelos muy blancos brillaban en medio de todo ese duelo como una pareja de caballos blancos enganchados a la carroza fúnebre de una muchacha.
La tía contempló esos objetos con una mirada sorprendida, y todas las arrugas reaparecieron, como sombrías orugas, en su viejo rostro.

Fragmento del cuento Tía Babette, de Rainer Maria Rilke, fallecido el 29 de diciembre de 1926.
El 29 de diciembre de 1890 fallecía Octave Feuillet

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