
Yo no me defendía, sabía perfectamente que hubiera podido cortarle la yugular con la velocidad de un rayo, pero en el fondo me daba lástima, ya que en cuanto se cansara y dejara de golpearme, yo también me iría dejándole totalmente solo.
Porque ningún perro de mi categoría soportaría vivir con un dueño que no le permite contemplar escondido tras las cortinas del dormitorio, como su mujer se desnuda todas las noches.
Cuestión de orgullo, texto de Julia Otxoa, correspondiente a su último y reciente libro Un extraño envío
(Menoscuarto ediciones. Prólogo de José María Merino)
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