miércoles, octubre 11, 2006

Luis Durand

Angol, la tierra sureña donde comenzaba a producirse uva de la más excelente calidad, era la patria de los árboles. Árboles, árboles, árboles por todas partes. En la calle, en el interior de las casas, en las húmedas quebradas de terciopelo, por donde se escurre el hilo brillante de un estero. Maduran allí las castañas, las nueces y las paltas. Es la tierra edénica y limpia. En sus calles no se ve jamás que el barro ensucie los zapatos de las gentes. Llueve. Llueve días y semanas y cuando el sol encaramado sobre unas nubes de armiño encumbra sus rayos desde la alta bóveda de un cielo azul, la tierra está enjuta, brillante, aromada por una especie de hálito nupcial. El aire es transparente y los cerros muestran a lo lejos sus jorobas azules, renegridas casi. Bajo dos y tres inmensos arcoiris, el campo está rejuvenecido. Los árboles brillan como si los hubieran barnizado; los esteros se deslizan ondulando en cabelleras transparentes, que hacen recordar los ojos claros y la tez de flor de las mujeres nórdicas.
Angol en esos días era el emporio de la Frontera. A la ciudad de los árboles, de las flores y de las frutas, llegaban los norteños trayendo sus mercaderías, sus vicios, y los adelantos que el país había alcanzado en el norte. Languidecían los minerales de las tierras atacameñas y entonces el hombre de Chile miraba hacia la Frontera, hacia la patria del indio, que estaba virgen, vestida de selvas opulentas, sus tierras optimas, donde crecían los pastizales alimentando a miles de chanchos bravos y vacunos caitas que no tenían dueño.

Fragmento de la novela Frontera, de Luis Durand, fallecido el 11 de octubre de 1954.
El 11 de octubre de 1963 fallecía Jean Cocteau
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