jueves, octubre 26, 2006

Nikos Kazantzakis

El aire se había adensado, se había vuelto inquietante; ascendían tufaradas tibias de animales, de hombres y de duendes, así como un olor acre a pan recién sacado del horno, a amargo sudor humano y al aceite de laurel con que las mujeres se untan la cabellera.
Se olía, se sentía, se adivinaba, pero nada se veía. Poco a poco los ojos se habituaban a la oscuridad; distinguíanse ahora datileras que ascendían como chorros de agua, un ciprés de tronco recto y austero, más oscuro que la noche, olivos de follaje ralo que el viento agitaba y que centelleaban como plata en la oscuridad; y sobre una loma verdeante, ya formando grupos, ya aisladas, veíanse miserables casuchas cuadradas, hechas de noche, de barro y de ladrillos, y completamente encaladas. A causa del olor a piel mugrienta, adivinábase que en las terrazas dormían cuerpos humanos, cubiertos con sábanas o descubiertos.
El silencio había desaparecido. La feliz noche, solitaria, se llenó de angustia. Enredábanse pies y manos de hombres que no hallaban reposo, los pechos suspiraban, gritos aislados de mil gargantas luchaban por reunirse, desesperados, obstinados, en el abismo mudo habitado por Dios. Esforzábanse por saber qué ansiaban gritar y se separaban para perderse en delirios incoherentes.

Fragmento de la novela La última tentación, de Nikos Kazantzakis, fallecido el 26 de octubre de 1957.
El 26 de octubre de 1900 nacía Karin Boye
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