lunes, octubre 02, 2006

Graham Greene

Ascendí la colina. Las primeras casas eran todas nuevas, y experimenté cierto disgusto al contemplarlas. Ocultaban campos y verjas que debían haber permanecido como antes. era como un mapa estropeado, cuyas distintas partes se han pegado entre sí ocultando, al abrirlo, pedazos enteros. Pero, a mitad del camino, colina arriba, me encontré de pronto ante la escuela tal como la conociera en otros tiempos. Quizás incluso continuara regentándola la misma anciana profesora. La presencia de chiquillos exagera la edad de los mayores. En aquellos tiempos debió contar, a lo sumo, treinta y cinco años. Pude escuchar los acordes del piano. A lo que colegí, seguía la misma rutina de siempre. Los alumnos menores de ocho años, de seis a siete de la tarde. Los de ocho a trece, de siete a ocho. Abrí la verja y penetré en el jardín. Trataba de recordar.
No sé lo que la hizo volver a mí. Quizá fuese tan sólo el otoño, el frío, las húmedas hojas esparcidas por el suelo, más que el piano, de cuyo interior tantas tonadas diferentes habían salido durante mi niñez. El caso es que, de improviso, recordé a aquella muchachita, con la misma nitidez como si la estuviera contemplando en una fotografía.


Fragmento del relato El inocente, de Graham Greene, nacido el 2 de octubre de 1904.

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