lunes, febrero 12, 2007

Thomas Bernhard

Los médicos psiquiatras son los verdaderos demonios de nuestra época. Se dedican a su negocio protegido, en el sentido más auténtico de la palabra, de la forma más vergonzosamente inatacable, sin ley y sin conciencia. Cuando me fue ya posible levantarme e ir hasta la ventana, y finalmente incluso al pasillo, y andar, con todos los demás candidatos a la muerte que podían hacerlo, de un extremo a otro del pabellón, y finalmente pude incluso salir un día del pabellón Hermann, traté de llegar hasta el pabellón Ludwig. Sin embargo, había sobreestimado bastante mis fuerzas y tuve que detenerme ya antes del pabellón Ernst. Me tuve que sentar en el banco allí atornillado al muro y calmarme antes de nuevo, para poder volver siquiera por mi mismo al pabellón Hermann. Si los pacientes están en cama semanas o tal vez meses, sobreestiman absolutamente sus fuerzas cuando pueden volver a levantarse, se proponen sencillamente demasiado y a veces retroceden semanas por esa tontería; muchos se han buscado sencillamente, con alguna de esas empresas súbitas, la muerte a la que habían escapado antes mediante una operación. Aunque soy un enfermo experimentado y, durante toda mi vida, he tenido que vivir con mis enfermedades más o menos graves y gravísimas y, en definitiva, siempre con las llamadas enfermedades incurables, una y otra vez he caído en el diletantismo en materia de enfermedad, y he cometido tonterías imperdonables. Primero unos pasos, cuatro o cinco, luego diez u once, luego trece o catorce, y finalmente veinte o treinta, así tiene que actuar un enfermo, y no levantarse enseguida y salir y marcharse, lo que la mayoría de las veces resulta mortal. Pero el enfermo encerrado durante meses ansía en esos meses salir y no sabe aguardar el momento en que podrá dejar su habitación de enfermo y, como es natural, no se contenta con dar unos pasos por el pasillo, no, sale al aire libre y se mata a sí mismo.

Fragmento de El sobrino de Wittgenstein, de Thomas Bernhard, fallecido el 12 de febrero de 1989.
El 12 de febrero de 1984 fallecía Julio Cortázar

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